Instinto Básico

“¿Qué debería haber dicho? ‘¡Eh, chicos, no soy gay, pero me follé a la sospechosa!’”

- Dra. Beth Garner

Hay directores-autores, que sólo salen de su casa a dirigir las películas que llevan dentro, y que mueven los proyectos en base a su nombre, su astucia, su dinero o sus contactos. Por ejemplo, David Lynch. Hay directores mercenarios, que se esperan en su casa a que les lluevan las ofertas, y entonces deciden qué producto llevar a cabo. Por ejemplo, Ridley Scott. Y luego hay directores que ni una cosa ni la otra. Ni están en su casa esperando, ni sólo se dedican a firmar proyectos personales, pero que, sin embargo, terminan firmando proyectos muy personales escritos y urdidos por otros, que ellos llevan a su terreno de una forma casi milagrosa. Este es el caso de Paul Verhoeven, holandés que se afincó en EEUU a finales de los ochenta (ahora ha regresado al viejo continente a enfrentarse a la recta final de su carrera), y que es responsable de una de las carreras más apasionantes de un extranjero en Hollywood, y seguramente el director holandés más estimulante de la historia.

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