-¿Quiere decir unas últimas palabras?
-Sí. Estamos todos jodidos.
Desde que vi por primera vez a Humphrey Bogart en ese traje elegante, actitud chulesca, diálogos cínicos, secos puñetazos y disparos certeros, fumador e irresistible, adoro el cine negro. El moderno western. Los relatos de solitarios antihéroes, policías corruptos, femmes fatales, mafiosos, asesinos, ladrones y todo tipo de desesperadas criaturas que buscan redención en la implacable jungla de asfalto. La irrupción del polémico y plurirreferencial Quentin Tarantino, con sus ‘Reservoir Dogs’ (en la que destaca el sabor a policiaco hongkonés) y ‘Pulp Fiction’ (a polar francés), dieron un nuevo impulso a las historias criminales en la última década del siglo XX. Muchos intentaron seguir su estela, y quizá el más afortunado fue Guy Ritchie, aportando una estética próxima al videoclip a su descarnado retrato de los bajos fondos londinenses. El caudal de imitadores no ha dejado de fluir (aquí hemos tenido a Paco Cabezas con su ‘Carne de neón’) en un intento por seguir explotando una fórmula que parece agotada, que necesita reinventarse.
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