No habrá paz para los malvados

“A tomar por el culo el mundo…” – Santos Trinidad

En el casi siempre predecible, de respaldo industrial más bien escaso (por no decir que ante todo faltan en España buenos y valientes y honestos productores de cine, más que actores, aunque también, guionistas o directores), de crisis perenne y aparentemente invencible, en el que los géneros parecen proscritos o causan pavor, en el que o eres un director consagrado (y por tanto haces películas con relativa frecuencia) o eres un don nadie (y puedes contentarte con hacer una primera película…y alguna más en veinte o treinta años), que siempre anda mirando de reojo lo que se hace en Estados Unidos en lugar de construir un sentido cinematográfico propio, ‘No habrá paz para los malvados’ (2011), séptimo largometraje en la trayectoria como director del bilbaíno Enrique Urbizu después de ocho años de inactividad como cineasta (si exceptuamos su segmento para ‘Historias para no dormir’, que poca gente ha visto), representa algo así como un milagro, un maldito milagro que asombra que se haya hecho realidad, en medio de un desierto tan desolador como ofrece un panorama presidido por los mismos nombres de siempre, los mismos temas de siempre y la misma carencia de audacia, rigor, fortaleza narrativa, profundidad psicológica, y ante todo personalidad, visión propia del mundo y del hombre. Del cine, en definitiva.

En la pasada década, Enrique Urbizu había firmado dos feroces, imprescindibles, retratos del ser humano al límite, tanto en el exterior, en su relación con una sociedad podrida, como en su interior, en la lucha contra unos demonios aún más terribles que cualquier enemigo. Ambos magníficos filmes no obtuvieron, ni de lejos, todo el reconocimiento que merecían, ni el éxito de un público que, lógicamente, ha dejado de creer en grandes cineastas españoles. ‘La caja 507’ (2001) era un policiaco de la mejor estirpe, y ‘La vida mancha’ (2003) un melodrama devastador, pero esas propuestas, me temo, estaban muy lejos de querer complacer al espectador. Muy al contrario, le desafiaban a una implacable lucha consigo mismo. Cine sin concesiones, descarnado, que rechazaba de plano el dar respuestas y que nos colmaba de interrogantes, enigmas, desasosiegos. Y ahora, por fin, regresa al policiaco con la que probablemente es su obra cumbre, de plenitud, en pleno dominio de su talento, y con más mala leche y mayor desesperanza que nunca. Hace pocas horas que he vuelto a ver ‘No habrá paz para los malvados’, y puedo decir, sin que me tiemble en absoluto el pulso escribiendo, que pocas veces, por no decir nunca, he pasado dos horas más felices en una sala de cine viendo una película española.

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