Yakuza

Sydney Pollack siempre ma ha parecido un buen director que muy pocas veces se ha arriesgado. Precisamente esa falta de riesgo ha terminado siendo una de las principales características de su estilo, al que podríamos llamar invisible. En su amplia filmografía como realizador —recordemos que Pollack también ha aparecido sustanciosas veces como actor en diversas películas— hay para todos los gustos, siendo Pollack un director mayoritariamente popular, con sendos éxitos de taquilla, alguno de los cuales se han convertido en clásicos. Películas como ‘Tal como éramos’ (‘The Way We Were’, 1973), ‘Tootsie’ (id, 1982) o la oscarizada ‘Memorias de África’ (‘Out of Africa’, 1985) son una buena prueba de ello.

(Spoilers) Precisamente los films citados me parecen una muy clara muestra de lo que Pollack ofrecía la mayor parte de las veces. Cine bien filmado, bien interpretado, con una historia más o menos interesante, muy correcto en el apartado técnico, pero al mismo tiempo sin esa huella indeleble que poseen los grandes, sin esa mano, a veces imperceptible o indefinible, que hacen que una película quede en la memoria para siempre. Pero en la primera mitad de la década de los 70 Pollack alcanzó, al menos para mí, la cima de su cine con dos cintas de género: ‘Yakuza’ (‘The Yakuza’, 1974) y ‘Los tres días del cóndor’ (‘The Three Days of the Condor’, 1975), films de enorme interés, hasta cierto punto arriesgados, y en los que Pollack parecía sentirse más libre que en otras ocasiones.

‘Yakuza’ supone el primer guión cinematográfico del prestigioso Paul Schrader —ayudado por el no menos conocido Robert Towne—, quien al parecer cogió un argumento de su hermano Leonard Schrader adjudicándose casi todo el mérito. Para dirigirla sonó el nombre de Martin Scorsese, con quien Schrader colaboraría en futuras ocasiones, pero los productores exigieron a Sydney Pollack quien intentó que el papel principal fuese a manos de Robert Redford, su actor fetiche. Antes de eso se pensó en Lee Marvin, quien intentó que el film fuese dirigido por Robert Aldrich, anécdota esta que sirve para dejar soñando despierto a cualquier cinéfilo.

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