La Marca España y otros sucesos de los Goya

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Querido lector.:

Hace una semana, la Marca España se paseó orgullosa por los Goya. Hoy oscarizan y ya veremos si Trueba o Iglesias corren esa suerte. No lo sé, puede que sí. Leed a mis compañeros, que se han currado un buen especial.

Eva Hache presentaba los Goya y la gala era de cambio. Tenía el público al nuevo ministro, José Ignacio Wert, observando, tenía un nuevo presidente de la Academia, tenía él un discurso y hasta dos vicepresidentas, Marta Etura y Judith Colell, tenía la noche un aire discursivo y a la vez placentero, tenía algo de morbo el retorno de Almodóvar y al final pasó un poco lo de siempre, es decir, una gala entretenida, sin demasiadas sorpresas, muy directa en la que la presentadora fue fácilmente desacreditada por el encanto irresistible de un Santiago Segura, salido de la escuela de Ricky Gervais, venciendo y ganando al público con un monólogo memorable y tenía la noche una obligada cita política, con una Isabel Coixet dando una rapsodia en favor del juez Garzón.

Pero lo que me pareció más irresistible del discurso de Enrique González Macho fue el concepto de La Marca España. En su discurso, insistió el presidente de Filmin que Internet no es el futuro y que hay que continuar haciendo autocrítica. Pero toda la gala fue fiel al concepto de La Marca España: felicitaciones para todos los nominados al Oscar, prudencia, promoción, repaso y felicidad.

Pero las galas de los Oscar no son grandes galas. Suelen ser pesadas, romas, y la estructura se imitó con fidelidad, siendo la dirección muy ágil y evitando en todo momento encasillar a los dos espontáneos. Porque hubo dos intrusos, claro. Uno de Anonymous, del que ha hablado ya un juicioso Amador Fernández Savater y otro que reivindicaba el western extremeño, aunque lo que hacía era declararse berlanguiano, en fin.

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Sobre los premios, mucha democracia. Hubo mimos técnicos para las películas de Kike Maillo y Mateo Gil, hubo un merecido premio a Elena Anaya, que parecía recién llegada de Atenas y cuya modestía añadió el toque emocional a todo momento, y estuvo, claro, Coronado, José Coronado, reconocido al fin como Santos Trinidad. Su discurso fue emotivo, incluso crepuscular. Y el mejor discurso de la noche lo dio el citado Maillo, recordando a su abuelo, haciendo de este país no una fiesta ni una autocomplacencia sino una serie de quimeras sentimentales pequeñas: la victoria del mundial, una de robots. ¡Nostalgias! ¡Nostalgias!

En ese sentido, lo que congratuló más, aparte de la griega y sinuosa Anaya, fue que la gala se cerrara con un premio grande a Enrique Urbizu, el gran olvidado. Los Goya, al fin y al cabo, pueden ser una gran historia de amor: tras ocho años desterrado, regresó con un Coronado que nunca ha dejado de ser y estar sublime bajo el mando de Urbizu y con una película excepcional y con mucho carácter. No era problema de méritos de Almodóvar, cineasta arriesgado y perturbador, ya en una etapa de hablar de maestro; era el tiempo de reivindicar y de dar espacio a algo nuevo.

La película de Urbizu mira un mundo en el que nada es sencillo y en el que la única posibilidad de heroísmo pasa por el fracaso mismo. No he visto sentencia más política, más extremadamente hermosa y audaz para estos tiempos. Urbizu estuvo conmovedor agradeciendo los premios, pues dio las gracias a Helena Miquel, presencia sobria, ignorada con cierta injusticia, que bascula todos los sentimientos que se permite su película, llena de aridez y complicaciones. Sus premios fueron un consuelo: ya tenemos maestro, el Peckinpah patrio decía la voz en off, y parece que la fiesta tiene que continuar.

¿Los premios? Atentos a la noche americana y hablamos.

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