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En realidad se trata de un experimento, fruto de una apuesta, que en forma de cuento, coge al cine como hilo conductor de la historia. En el fondo, es un homenaje al director neoyorquino, a una época de mi vida en la que me zampe casi todas sus películas. El centro del relato es una defensa del atractivo de Woody Allen para las mujeres. El resto, es una historia donde incluso me río de mi mismo. Supone darle la vuelta a la figura del cineasta, a alguien a quien echaremos de menos cuando decida dejar de rodar películas, que no contar historias. A partir de aquí, leéreis la primera entrega de los cuatro capítulos que componen este homenaje al cine.

Para mí el amor es algo muy profundo. El sexo sólo tiene que alcanzar unos centímetros.Woody Allen, ‘Balas sobre Broadway

La nueva película de Woody Allen abre el festival de Venecia, leí ayer en el periódico. Hace meses que tengo interés por verle en persona. Se puede decir que me encantan sus películas y, aunque es una faceta poco conocida suya, sus libros de relatos, en especial un cuento donde dos grandes amigos empiezan una partida de ajedrez amistosa y pacíficamente, y durante el transcurso de la misma o a consecuencia de ella, discuten, pierden la amistad y rompen las relaciones. Aunque si soy sincero, con más razón desde que viví la experiencia de Allison, ‘Annie Hall‘ y el sexo.

Una tarde estaba manteniendo con mi amigo Lucas una interesante conversación sobre qué tipo de mujeres comparándolas con conocidas actrices nos gustaban. Él prefería y defendía la opción de las actrices europeas, Juliette Binoche, Irene Jacob o Emmanuelle Beart, en comparación con las americanas, como excepción también habló de Salma Hayek, una mexicana bajita pero de gran atractivo, porque, en concreto, se inclinaba más por la belleza intelectual que éstas representaban, no quería decir que consideraba estúpidas a las otras, sino más bien defendía la tesis de que para él la cara era el reflejo de la hermosura.

Ingrid Rubio“Es más”, comentó, “lo primero que hacemos al fijarnos en una chica o en una mujer es en la cara, si nos llama la atención su corte de pelo o si va bien maquillada, y es a partir de ahí cuando nos interesamos por lo demás”.

Yo en cambio, más por el interés en llevarle la contraria, rendía tributo al cuerpo, al esplendor de las actrices que tuvieran una silueta trabajada y bien definida, del tipo Demi Moore (sin entrar en discusiones sobre si se habían operado o no), aunque hacía una pequeña distinción con Ingrid Rubio, no tiene un físico llamativo, pero los rasgos de su rostro, en especial esos ojazos y su penetrante mirada, me han cautivado desde que apareció en un anuncio de Sopas Gallo (era la famosa chica de pelo largo y que con una cuchara en la mano se relamía al contarnos las delicias de esta sopa), y más tarde al descubrirla en ‘Taxi‘, la película de Saura donde ella era lo único que de verdad valía la pena.

De ese tema estabamos hablando cuando, de manera instintiva, pregunté: “¿Qué tal está Susana?” Me miró asombrado. Por la expresión de su cara, vi que no se esperaba mi pregunta. Después, respondió muy serio: “Creía que mi hermana te había dejado de interesar”. “Sí… Bueno, no lo sé”, respondí dubitativo.

Conocí a Lucas a través de su hermana Susana, cuando salíamos juntos (si ahora sólo nos une una gran amistad, ¿por qué trato de engañarme?), y se puede decir que con el tiempo nos hicimos inseparables. Recuerdo ese día, hace ya más de tres años, como si hubiera ocurrido ayer mismo. “Mira, Eduardo, éste es mi hermano Lucas”, dijo Susana. “Vaya, tienes nombre de evangelista”, comenté. “Peor hubiera sido llamarme Judas”, respondió Lucas. Los tres sonreímos. Al menos la mía, fue una sonrisa sincera. Sin embargo, lo interesante y curioso, es la historia de su nombre. Sus padres, personas muy religiosas, habían decidido, antes de que naciesen, tener cuatro hijos varones para poder ponerles los nombres de los cuatro evangelistas. El Nuevo Testamento era por aquella época el libro de cama de su padre. Al primer hijo le pusieron por nombre Juan y al segundo, que era él, lo llamaron Lucas. Todo se desarrollaba según sus planes hasta que nació el tercer hijo. Fue niña. Su religiosidad decayó, el Nuevo Testamento dejó de ser el libro de cama y a la niña la llamaron Susana. A partir de ese día decidieron no tener más hijos.

Woody

“¿Qué pasó con la americana?”, preguntó Lucas. “¿Cómo se llamaba?” “Allison”, respondí. “¿Qué sucedió? Te veía tan…”, insistió Lucas. “Encoñado, ¿eso quieres decir?” “Exacto”, dijo. “No me digas que te cansaste de hacer el amor con ella, si uno puede terminar por cansarse de eso”. Pensé que con esta afirmación se estaba contradiciendo, que no guardaba relación con lo que antes había expuesto. En cierta forma se estaba rindiendo ante la evidencia de que era mejor un buen cuerpo que una cara inteligente y bonita.

“Me cansé”, aclaré sin entrar en controversia con él. “Considero al amor como un sentimiento muy profundo, y al sexo como algo de lo que se puede llegar a prescindir si es necesario. Además, alguien dijo una vez que el sexo sólo era una cuestión de centímetros”. Fue uno de mis pocos momentos de lucidez en mucho tiempo, incluso proseguí. “¿Sabes la sensación de vergüenza que produce pensar que estás dando placer a una persona y ésta empieza a susurrarte al oído el nombre de otro?” Woody, gritaron en mi cabeza y continuó, como si se tratara de un eco, durante un buen rato. Lucas, se empezó a reír a carcajadas.

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