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Un lugar en el mundo

En ‘El olvido que seremos’, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince escribe “El mejor método de educación es la felicidad. Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo (...) Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz”. Así identifico yo una película como ‘Un lugar en el mundo’, con la figura de mi padre.

Cuando alguien me pregunta que diga cuál esla mejor película, suelo responder que hay tantas, pero que si tengo que escoger la que tiene algo vital para mí, digo siempre ‘Un lugar en el mundo’ de Adolfo Aristarain. Tiene la virtud de matarme emocionalmente, y conozco a gente que no la gusta este tipo de cine, quedarse maravillado con la película.

Me sitúa el prólogo, ahora con los años vividos y la figura paterna en la memoria, como el protagonista, en perpetuo homenaje, como él buscando una señal que me diga cuál es mi lugar en el mundo. Me destroza el epílogo porque no puedo parar de llorar con él, sé que voy a sufrir viéndolo, que no es necesario, pero me armo de valor porque quiero saborearlo de nuevo. Me trae su recuerdo, si acaso fue la única película que fuera del cine llego a ver entera conmigo. De eso la tira de años. Nostalgia, diría.

Cuando la emitieron por primera vez por televisión en Canal +, me encabezoné para que todos la viésemos, sabía que había ganado San Sebastián y que allí había maravillado. Me ayudó que estaba enfermo, y a base de ponerme pesado conseguí que tanto mi padre como mi madre se sentasen delante del televisor. Ambos sin mucho interés en aguantar, yo sufriendo porque la fiebre no me dejase adormilado. Y sin embargo, no hizo falta nada, la melodía de la orquesta bariloche produjo esa noche en el salón magia. El mensaje, la propia calidad de la película, nos tuvo sentados, sin hablar, enganchados a la trama, al vivir según unos principios incorructibles del personaje de Federico Luppi, al progreso que suponía la figura de José Sacristán, el contrapunto entre ambos del personaje de Cecilia Roth. A muchas cosas más que mi memoria no retiene.

En la escena en la que Luppi quema la obra por la que tanto había luchado, esa cooperativa que intentaba hacer frente a la figura del señor de la zona, antes de llegada la práctica común era la explotación a los granjeros, me fijé en mi padre, y en sus ojos llorosos y enrojecidos. No pregunté, supe que la película le había llegado y le había gustado. Con el tiempo, ya no estando él presente, supe que esa escena le impulsó a decidir no dejar a sus trabajadores de lado, cuando el dueño se lo quería llevar con él a otra empresa, que aquello le hizo pensar y comprender que no podía dejarles a su suerte, que al menos se lo debía por todo lo que habían luchado juntos. Que la fábrica se convirtió para él en su Bariloche, en su lugar en el mundo. Al final esa tensión le costó la vida, pero tuvo su tributo, el día de su entierro la fábrica cerró para que sus trabajadores asistieran al mismo. De esos detalles que nunca se olvidan.

Todo eso me trae ‘Un lugar en el mundo’. Como en el monólogo final, una vez fui al cementerio a preguntarle, no cuál era mi lugar en el mundo, sino a traer de entender qué lugar me deparaba la vida. A día de hoy sigo sin saberlo, aunque me gusta recordar estas cosas. Muchas de ellas representadas por la película: dignidad, libertad, tratar de cambiar las cosas, cantar al ser humano, homenajear a la figura paterna… Todo eso significa para mí ‘Un lugar en el mundo’.

Por eso recupero de cuando en cuando ciertas películas. Aunque duela. Pero el cine argentino me puede, y en especial Aristarain, y todo porque dos películas suyas retratan a la perfección la relación con mi padre, ‘Un lugar en el mundo’, y con mi madre, ‘Roma’. Es regresar a lo mismo: la nostalgia.

Prólogo de Un lugar en el mundo

Epílogo de Un lugar en el mundo

Texto del epílogo

Hans anda por Estados Unidos, en Texas, o andaba, aunque tenía ganas de quedarse a vivir. Por lo menos eso decía cuando mandó la última postal, hace como dos años. En cuanto volvimos a Buenos Aires, mamá enganchó una burra en un hospital. Trabaja demasiado, y nos vemos poco. No es por la guita, yo también trabajo y más o menos nos arreglamos. Yo creo que trabaja mucho porque no quiere tener tiempo para pensar. Todavía le cuesta creer que vos no estés. Habla de vos con bronca, como si el infarto hubiera sido culpa tuya. A mí también a veces me da bronca no tenerte al lado para poder hablar con vos. A veces nos haces mucha falta, viejo. Después que pasó lo tuyo, en diez días liquidamos lo poco que teníamos y nos fuimos a Buenos Aires. Yo terminé el primario en un colegio que tenía secundario, como vos querías. Las piedras todavía las tengo, pero no me dio por ese lado. Me dio por la medicina. Ya estoy en tercer año y ahora me presenté a una beca y me salió. Me voy a España. No sé muy bien qué voy a hacer cuando se me termine la beca. Puedo buscar trabajo en Europa, o… no sé, volver a Buenos Aires si la cosa mejora. Me gustaría que me dijeras como hace uno para saber cuál es su lugar. Yo por ahora no lo tengo. Supongo que voy a dar cuenta, cuando esté en un lugar y no me pueda ir. Supongo que es así. Cha, va a aparecer. Todavía tengo tiempo de encontrarlo.

Nota: Lamento si el tono sensiblero o la entrada en sí, pueda no gustaros, pero era algo que me debía a mí y a mis críticos, a los que dudan de los que uno debe o no debe escribir, sobre todo por el tiempo que ha pasado y el recuerdo que me trae ver esta película. Le debía un homenaje a mi padre. Ya está hecho.

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