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Punto límite cero

Como buen gurú que es, seguro que Tarantino va a lograr que mucha gente, después de ver ‘Death Proof’, se interese por las películas de persecución de coches de los años ‘70. O por lo que los yanquis llaman “muscle car chase”. Vamos, si Tarantino consiguió, hace años, crear el fenómeno Wong Kar Wai… ¿Por qué no va a ser capaz de lograr un revival de ‘Vanishing Point’? Film que aquí se tradujo como ‘Punto límite cero’, absurdamente, pues “vanishing point” significa “punto de fuga”, expresión que hasta tiene que ver doblemente con la película, ya que el protagonista huye. ¿Nos apostamos algo a que, en breve, habrá una reedición de lujo en DVD de ese clásico de las persecuciones? Antes de que la editen, aquí tenéis mi humilde opinión.

Siempre me han encantado las persecuciones de coches: en su dinamismo y energía me parece que rodar bien una persecución es ser un maestro de las “imágenes en movimiento”. Eso y no otra cosa es el cine. En el caso de ‘Vanishing Point’ me acerqué con gran interés, porque para muchos es un referente estético fundamental en la historia de las persecuciones.

Una vez terminé de soportar la “historia” de la película, llegué a la conclusión de que sí: efectivamente ‘Vanishing Point’ es un referente estético. Los planos del Dodge Challenger blanco son deslumbrantes y, sobre todo, la utilización del paisaje es digna de aplauso. Encuadre por encuadre, la película crea unos parámetros estéticos nunca antes vistos y que siguen teniendo validez hoy en día. Todo un mérito teniendo en cuenta la poca notoriedad y eminente carácter televisivo de su director: Richard C. Sarafian. Con todo esto, la película ya merece su lugar bajo el sol. Pero, ay, los méritos terminan aquí.

La película nos cuenta la historia de Kowalski, un trabajador de una empresa de reparto de coches. Tiene que llevar un Dodge Challenger de Colorado a Frisco pero, por aquello de una apuesta, tiene que hacerlo en menos de quince horas, incurriendo en la persecución de la policía de varios estados. Teniendo en cuenta que el límite de velocidad en ese país es 90 km. (55 millas) por hora, yo también me echaría a las patrullas encima.

El insustancial punto de partida podría haber dado para una comedia como ‘Smokey and the Bandit’ (1977), prácticamente idéntica en cuanto a planteamiento. Pero, en la época de ‘Easy Rider’ (1969) el simpático “caradurismo” de Burt Reynolds no tenía lugar. Así pues, Kowalski se convierte en un héroe misterioso: un adicto a la adrenalina y a la velocidad en la perenne búsqueda de ese “punto de fuga” donde se unen todas las líneas del horizonte. Así dicho, produce un poco de vergüenza ajena, y la película también.

Al igual que en la plúmbea y anticinematográfica ‘Easy Rider’, la película se toma a sí misma MUY en serio, y el misticismo lisérgico con sus buenas dosis de drogadicción (siempre atentando contra el ritmo…) aparece por todos los lugares, especialmente en la figura de un DJ ciego que guía por radio a nuestro héroe mientras le pone música de la época. Asimismo, el ir por “la carretera” le permite a la película el tener una no-estructura tan calamitosa como esa obsoleta obra literaria de culto que firmó Kerouac y que los pobres estudiantes americanos tienen que leer. Por supuesto, los personajes con los que se encuentra están todos más que diseñados para provocarnos la “extrañeza” característica de los años ‘70. Pero ni siquiera tiene el valor de “documento” de ‘Easy Rider’. A pesar de todos, a muchos les servirán esos ingredientes para crear una película “de culto”.

En lo que sí es igual que ‘Easy Rider’ es en su absoluta torpeza cinematográfica. Dije que los planos son bellísimos: otra cosa muy distinta es que casen entre sí. El amasijo de imágenes no tiene sentido, no crea sensación de persecución y, en ocasiones, tampoco de velocidad. El montaje de sonido es inexistente: en muchas ocasiones, sólo se pone una canción sobre los planos, sin que oigamos un motor, un derrapaje… nada de nada. El resultado es un videoclip salchichero con poco ritmo y con un señor muy feo de protagonista.

Añadan a este despropósito algunos flashbacks que intentan explicarnos las motivaciones de Kowalski y el resultado final es un retrato de lo perdido que llegó a estar el cine americano a finales de los sesenta y primeros setenta. Desde luego, Tarantino puede estar tranquilo: su persecución final de ‘Death Proof’ aplasta cualquier momento de ‘Vanishing Point’.

Curiosamente, en 1997 se hizo un remake de esta película protagonizada por Viggo Mortensen (todo eso que salimos ganando…). En ella se quitaba toda la herrumbre setentera y se le daba como motivación al personaje el querer ir junto a su mujer que estaba a punto de dar a luz. Más comprensible. Más ñoño también. Los fans de la original pusieron el grito en el cielo: una película “contracultural” había sido reconvertida a película “comercial”, quitándole sus moteras desnudas (toma caspa), autoestopistas gays (toma recaspa)... En fin, no me cuenten entre las defensoras de según qué contracultura.

Para rematarla, el “guión” de este lío pretencioso está firmado por Cabrera Infante. Su otro guión es el de la infame ‘Ciudad Perdida’ de Andy García. Está claro que Cabrera Infante amaba el cine, pero está aún más claro que el cine no le amaba a él.

vanishing point

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