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La cinefilia, por si no lo sabéis, ha muerto. Lo que hay ahora es mero gozo industrial. Ahora lo que queda es mirar tráilers, esperar ediciones especiales y obtener coleccionables. La cinefilia, en cambio, se basa y se organiza en torno al redescubrimiento del pasado. Desde sus tiempos inciales, la cinefilia es releer, revisar, entender. Toda esa luz no queda arrojada para otra cosa que para el movimiento. La crítica, siempre, es en marcha. No hay una crítica certera; no hay voz crítica que no pueda matizar, ni rectificarse. En todo caso, si las cosas mueren, habrá que sacar las mismas de la tumba. Ahí van unos cuantos pensamientos sobre el poeta y cineasta francés, sobre su público, sobre nosotros, sobre estas cosas complicadas que llamamos recepción.

Godard son los padres.

Y nuestros padres (cinéfilos) nos dijeron que Jean-Luc Godard era obtuso y pedante y que François Truffaut es el mejor. Hay algo peor que repetir los errores de los padres y es heredar los prejuicios, prejuicios enteramente basados en un marco de experiencias y cultural absolutamente ajeno al nuestro. No hay que forzar la contemporaneidad, pero en cambio se puede forzar, y a borbotones, el anacronismo. Si nuestros padres tomaron como verdadero el prejuicio de que Truffaut fue siempre mejor, o peor, más humano ( ¿puede Godard ser acaso inhumano?), va siendo hora de levantarse y pensar. Por nuestra cuenta.

Godard es un intelectual.

Intelectual ha encontrado grandes derivados en el lenguaje del prejuicio, el lenguaje como una herramienta que reduce conceptos y básicamente define prejuicios en vez de ampliar significados. Intelectual es una palabra peligrosa actualmente porque, snif, implica una tensión, una tensión que se basa en una jerarquía. Entonces Godard es un intelectual, o lo que es peor, un moderno o un gafapasta. No sé que son las dos últimas cosas, ni me preocupa. Godard es efectivamente un intelectual. Y eso no es ningún problema.

Celebran sus películas ciegamente.

Otra mentira, heredada también. Ningún crítico riguroso, Jim Hoberman, Dave Kehr o Jonathan Rosenbaum a la cabeza, ninguno ha celebrado las películas de Godard ciegamente. ¿Quién puede hacerlo, de hecho? Su carrera es demasiado vasta como para adherirse a una religión que siga ciegamente sus películas. Algunas de sus películas son deleznables. Otras, en cambio, son obras maestras. Otras gozan de un olvido magnífico. Otras todavía cuentan con una incomprensión generalizada. Nadie celebra sus películas ciegamente.

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Sus películas son ininteligibles.

Ninguna obra de arte es una fábula para idiotas. Una fábula maneja una serie de símbolos relativamente fácil y le da al espectador una respuesta más o menos satisfactoria sobre los problemas vitales. Y el espectador vuelve a cosa, conforme. Con este criterio, nunca leeríamos El Proceso de Franz Kafka. O veríamos ‘Vértigo’ (id, 1958) de Hitchcock. Nunca. Las películas de Godard son poco convencionales, incluso todavía, estando su discípulo traidor y redneck Tarantino en la primera línea de la cinefilia. Las películas de Godard no son deliberadamente oscuras: son poéticas. La poesía carece de un solo significado. Los versos de Valéry no son una alegoría, llenas de referencias míticas y afortunadas metáforas. Los versos de Valéry son el misterio tras la metáfora: lo mismo, pues, con las películas de Godard.

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‘Al final de la escapada’ es su mejor película.

Es una obra maestra inicial, un golpe de frescura todavía, pero no puede ser su mejor película. Es tal vez su película más accesible, pero no la mejor. La mejor película de Godard es quizá el conjunto de ellas: su misma poética no está basada en entregar una obra maestra, acabada y simétrica, sino en fracasar muchas veces en proyectos de ambición desmesurada y extraña. La mejor película de Godard está en la primera, pero también en ‘Vivir su vida’ (Vivre sa vie, 1962), ‘El Desprecio’ (Le Mépris, 1963), ‘Pierrout le fou’ (id, 1965), ‘Masculin-Femenin’ (id, 1966), ‘La Chinoise’ (id, 1967), ‘Passion’ (id, 1982), ‘Histoire(s) du cinema’ (id, 1988) y ‘Film Socialisme’ (id, 2010).

Pero para cerrar este post, ahí va un consejo:

Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Palabras de Beckett. No puede mirar uno a Godard con muchos menos riesgos que los que él toma. No puede ser que mientras él lea y sea un poeta, sus espectadores pasen por prosaicos, por burdos. No es posible, no es ya ni siquiera algo menos que una necedad que mientras Godard fracasa, y no hay mejores fracasos artísticos que los que nacen del riesgo, e incluso hace una poética en marcha de ese fracaso, nosotros permanezcamos con discursos menos importantes, conformes con la dinámica establecida sobre como ver y pensar una película. No puede permitirse que las películas de Godard sean todavía más vivas, más curiosas que los espectadores de las mismas. Toda obra merece a sus mejores críticos, incluso nace de ellos.

Godard son y serán los padres hasta que no sea absolutamente nuestro.

Y ya va siendo hora.

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