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Los Oscars de la injusticia (II): de los 50 a los 60
Reflexiones de cine

Los Oscars de la injusticia (II): de los 50 a los 60

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Es la típica situación ligada a una pregunta del tipo "a quién quieres más, ¿a tu padre o a tu madre?": los años 50 comenzaban en los Oscars dejando de lado una obra maestra del cine para premiar otra. Y lo cierto es que, si nos sería imposible afirmar que 'Eva al desnudo' ('All About Eve', Joseph Leo Mankiewicz, 1950) no lo merecía TODO, también es imposible hacerlo acerca de ese puntal del séptimo arte que es 'El crepúsculo de los dioses' ('Sunset Boulevard', Billy Wilder, 1950).

Con la primera doblando en número de estatuillas a la segunda, y consiguiendo entre ellas las de Mejor Película y Mejor Director, arrancaba una década en la que muchas y muy variadas fueron las "injusticias" y los olvidos en los que incurrieron unos premios que tras veinti-pocos años de historia ya se habían convertido en el mejor escaparate posible de la industria cinematográfica estadounidense y del brillo y el relumbre de la Meca del cine.

1951-1954

Un Tranvia Llamado Deseo

Género predilecto de la Academia durante mucho tiempo, 1951 será el primer año en el que el musical comience a acaparar titulares de los premios a costa de producciones que, como es el caso, lo merecían tanto o más que la ganadora. Porque, puestos a comparar la dorada estatuilla correspondiente a Mejor Película debería haber ido a parar a la soberbia 'Un tranvía llamado deseo' ('A Streetcar Named Desire', Elia Kazan, 1951) antes que terminar en las manos de Vincente Minnelli, el realizador de la espléndida 'Un americano en París' ('An American in Paris', 1951).

Y aunque los premios sí miraron con buenos ojos a los intérpretes que ponían imagen en la gran pantalla a los personajes de Tenessee Williams, no lo hicieron con la que sin duda es la mejor composición de Alex North junto a la compleja y majestuosa 'Espartaco' ('Spartacus', Stanley Kubrick, 1960). En lugar de premiar las sonoridades jazzísticas con las que North musicaba la cinta de Kazan, fue Franz Waxman por 'Un lugar en el sol' ('A Place in the Sun', George Stevens, 1951) el músico reconocido por su partitura.

1952 fue un año extraño en lo que a los Oscars se refiere. Para empezar, y a sabiendas de que, como decía antes, el musical sería notoria debilidad de los miembros de la Academia durante muchos lustros, que los premios dejaran de lado al que para servidor es el MEJOR musical de la historia del cine y sólo nominaran a 'Cantando bajo la lluvia' ('Singin' in the Rain', Stanley Donen y Gene Kelly, 1952) a dos míseros premios —que para colmo no se llevó— fue completamente absurdo, máxime si tenemos en cuenta algunos de los títulos del género que ganaran en años venideros.

El Hombre Tranquilo

Al margen de tamaña afrenta —una de esas que habría provocado, de haber nacido, haberse planteado la validez y alcance real de los premios—, 1952 fue aún más extraño porque en el reparto de los premios mayores, que el de la Mejor Película fuera a parar a 'El mayor espectáculo del mundo' ('The Greatest Show on Earth', Cecil B. de Mille, 1952) y no a 'El hombre tranquilo' ('The Quiet Man', John Ford, 1952) o 'Solo ante el peligro' ('High Noon', Fred Zinemann, 1952) resulta tanto o más inexplicable que lo que pasó con el galardón del Mejor Director.

Vale, lo que hizo John Ford con una de mis películas favoritas de todos los tiempos es muy grande y merecedor de todos los premios habidos y por haber pero se queda empequeñecido comparado con el trabajo tras las cámaras de fuera de este mundo que es como podría ser calificado lo de Fred Zinemann en la cinta protagonizada por Gary Cooper —que se llevó la estatuilla al Mejor Actor—.

Resarciéndose del error, a Zinemann le caería el premio al año siguiente por 'De aquí a la eternidad' ('From Here to Eternity', 1953) ni mucho menos tan grande como uno de los mejores westerns de la historia y algo por debajo de lo que George Stevens, el que hubiera sido merecedor del Oscar aquél año, desarrollaba en otro de los mejores títulos que el género cinematográfico por excelencia ofreció en su época de esplendor, la magistral 'Raíces profundas' ('Shane', 1953).

Ventana Indiscreta

Muy criticable será de nuevo aquél año no otorgar el galardón correspondiente a Mejor Banda Sonora en Filme Dramático al 'Julio César' ('Julius Caesar', Joseph Leo Mankiewicz, 1953) de Miklós Rózsa, uno de los trabajos más complejos y ricos del músico húngaro que hacía y hace palidecer en la comparación al poco más que resultón score que Bronislau Kaper escribía para 'Lili' (id, Charles Walters, 1953).

Nada habría que objetar a que Elia Kazan y 'La ley del silencio' ('On the Waterfront', 1954) arrasaran con sus ocho estatuillas doradas en la doble ceremonia presentada por Bob Hope en Hollywood y Thelma Ritter en Nueva York si lo consideráramos como hecho aislado. El problema viene cuando uno repasa el palmarés de nominados y se encuentra con que entre los de Mejor Película y Mejor Director estaban 'La ventana indiscreta' ('Rear Window', 1954) y Alfred Hitchcock.

La cinta de Kazan, que le reportaría a Marlon Brando su primer Oscar después de ser nominado cuatro años consecutivos, es asombrosa, cierto, pero el prodigio narrativo que el maestro del suspense ponía en pie con el que es uno de sus cinco mejores filmes está, a mi entender, bastante por encima de la sobriedad con la que su rival nos acercaba a la dura historia enmarcada en los muelles de Nueva York.

Género por excelencia...olvidado por excelencia

Western

En los párrafos previos han aparecido dos títulos que, sin lugar a dudas, suponen sendos de los máximos exponentes con los que cuenta el western, el que antes calificaba como género cinematográfico por excelencia y único de los que, en los inicios del cine, el séptimo arte no heredó del teatro.

Es por ello, por la suma relevancia que tuvo durante tanto tiempo en la historia de esta disciplina, que resulta cuanto menos chocante que en los ochenta y ocho años de recorrido de los premios, sólo tres títulos hayan sido reconocidos por la Academia con el premio a la Mejor Película. Y más chocante aún que, en estos primeros años que estamos revisando, cuando el género se encontraba en su época de máximo esplendor, sólo encontremos uno de esos tres títulos, el 'Cimarrón' que Wesley Ruggles firmaba en 1931.

Saltándose a la torera las once cintas ambientadas en el "far west" sobre las que a lo largo de las décadas fueron a recaer nominaciones, e ignorando por completo a las muchas producciones que habrían merecido siquiera el reconocimiento de poder optar a la posibilidad de alzarse con el Oscar, que tuvieran que pasar sesenta años para que la Academia reconociera su craso error es de esos misterios a los que ni Sherlock Holmes encontraría solución.

1955-1959

Centauros Del Desierto

El ecuador de la década de los cincuenta trajo consigo la inmerecida derrota, tanto de los dos filmes protagonizados por James Dean que se estrenaron durante 1955 —muy inmerecida, sobre todo, en el caso de la espléndida 'Al este del Edén' ('East of Eden', Elia Kazan, 1955) que debería haberle supuesto a su director un nuevo galardón— como de un Frank Sinatra que tendría que haberse llevado "de calle" la estatuilla por su inmenso papel en 'El hombre del brazo de oro' ('The Man with the Golden Arm', Otto Preminger, 1955).

Con los premios yendo a parar a manos de Ernst Borgnine, Delbert Mann y 'Marty' (id, 1955), no estamos aquí sino ante el preludio de las muy equivocadas decisiones que la Academia tomaría al año siguiente. Para empezar, entregar el máximo galardón a 'La vuelta al mundo en 80 días' ('Around the World in 80 Days', Michael Andersson, 1956) —una película entretenida y poco más— cuando por ahí estaban 'Gigante' ('Giant', George Stevens', 1956) y 'Los diez mandamientos' ('The Ten Commandments', Cecil B.de Mille, 1956), habla por sí solo.

Aunque más elocuente es aún el hecho de que uno de los filmes más importantes de la historia del cine, reconocido por activa y por pasiva como el cúlmen de su género, como el máximo exponente de su director y como objeto de estudio obligado para el que quiera dedicarse a este mundillo no encontrara alojo alguno en ninguna categoría. Me refiero, cómo no, a 'Centauros del desierto' ('The Searchers', John Ford), una cinta para la que no hay adjetivos suficientes en castellano.

Pero es que, por si eso no fuera suficiente, 1956 fue el año en el que Yul Brynner se adelantó a Kirk Douglas en la carrera por la estatuilla al Mejor Actor cuando, por muy bien que estuviera el primero en 'El rey y yo' ('The King and I', Walter Lang, 1956), mejor aún estaba el segundo como Vincent Van Gogh en 'El loco del pelo rojo' ('Lust for Life', Vincente Minelli, 1956).

Testigo De Cargo

Y todavía quedaría espacio para una más, la que determinaría que el premio a la Mejor Banda Sonora lo merecía Victor Young por 'La vuelta al mundo en 80 días' cuando, más allá de su simpatiquísimo tema central el trabajo del músico carecía del fuerte empaque que sí tenía el score escrito por Elmer Bernstein para 'Los 10 mandamientos', por el que ni siquiera llegó a estar nominado.

Tres serían los títulos que se disputarían los máximos galardones en 1957 y, en lo que a mi respecta, y admitiendo el muy alto nivel al que raya 'El puente sobre el río Kwai' ('The Bridge on the River Kwai', David Lean, 1957), la cinta bélica con la marcha militar más famosa de la historia del cine con permiso de la de 'Patton' (id, Franklin J.Schaffner, 1970) pierde irremisiblemente en la comparación con sus dos directas competidoras.

De un lado, '12 hombres sin piedad' ('12 Angry Men', Sidney Lumet, 1957), del otro, esa magistral pieza de cine judicial que sólo el talento de Billy Wilder podía mezclar con la más socarrona comedia para regalarnos 'Testigo de cargo' ('Witness for the Prosecution', 1957), un filme que, además, debería haber supuesto, por justicia, el segundo Oscar para un Charles Laughton en uno de sus mejores creaciones como intérprete.

Cerrando la década, cuesta asomarse a la producción de Hollywood de 1958 y que a uno no se le caiga el alma a los pies cuando observa, con pavor, que rindiéndose de nuevo ante un musical, la Academia de Hollywood dejó de lado, en diferentes niveles, a tres producciones superlativas que habrían merecido muchísimo más el premio que la 'Gigi' (id, 1958) de Vincente Minnelli.

Vertigo

Nominadas a Oscars menores que debieron estar compitiendo codo con codo en las categorías principales, tenemos a 'Horizontes de grandeza' ('The Big Country', William Wyler, 1958) —el western, como decía más arriba, desechado de partida— y a la Obra Maestra sin paliativos de Hitchcock, una 'Vértigo. De entre los muertos' ('Vertigo', 1958) que hubo de conformarse con la doble nominación a Dirección Artística y Sonido.

Ambas concurren, además, en que no se valoraran —y es algo que ya dijimos ayer— sendas bandas sonoras que se sitúan muy por delante del "Oscar por que sí" concedido a Dimitri Tiomkin por 'El viejo y el mar' ('The Old Man and the Sea', John Sturges, 1958), cuarto que se llevaría uno de los compositores más controvertidos de la historia de la música de cine en detrimento de la grandeza épica del trabajo de Moross o de lo sublime del de Herrmann.

A ello habría que añadir la más que consciente decisión de dejar fuera de toda nominación a la fabulosa y fascinante 'Sed de mal' ('Touch of Evil', Orson Welles, 1958), si bien en que esto ocurriera tuvieron mucho que ver las numerosas antipatías que a esas alturas de su carrera ya se había granjeado Welles en los corrillos de Hollywood cavándose él mismo, como suele decirse, una profunda fosa de la nunca lograría salir.

Las taras, garantía de premio...casi siempre

Forrest Gump

Hablábamos antes de Ernest Borgnine y su Oscar al Mejor Actor por 'Marty', un premio que sirve de perfecto ejemplo para una de las constantes más universales que existen en torno a los galardones de la industria estadounidense del cine: si interpretas a un personaje con taras —y cuántas más, mejor— las garantías de nominación y estatuilla son las más altas de cuantas podrían encontrarse en la historia de los premios.

Si bien será el primero, el soltero maduro poco agraciado que es Marty no es, ni de lejos, el epítome de cuántos personajes con minusvalía psíquica o física terminarán siendo reconocidos con un Oscar, y en las décadas siguientes iremos encontrando ejemplos como el de Patty Duke en 'El milagro de Anna Sullivan' ('The Miracle Worker', Arthur Penn, 1962), el de Cliff Robertson por 'Charly' (id, Ralph Nelson, 1968) o el de Ingrid Bergman en 'Asesinato en el Orient Express' ('Murder on the Orient Express', Sidney Lumet, 1974).

A ellos se unirán los nombres de Jack Nicholson por su maravilloso y lúcido loco de 'Alguien voló sobre el nido del cuco' ('One Flew Over the Cukoo's Nest', Milos Forman, 1975), el Dustin Hoffman autista de 'Rain Man' (id, Barry Levinson, 1988), el Daniel Day Lewis parapléjico de 'Mi pie izquierdo' ('My Left Foot', Jim Sheridan, 1989), el Tom Hanks de 'Forrest Gump' (id, Robert Zemeckis, 1994) o la Charlize Theron afeada de 'Monster' (id, Patty Jenkins, 2003).

1960-1969

Psicosis

Descuidos, despistes, olvidos y flagrantes "injusticias" seguirán jalonando, aunque quizás con menos intensidad que en las décadas pasadas, unos años 60 que se abrirán con el inexplicable ninguneo a 'Psicosis' ('Psycho', Alfred Hitchcock, 1960) tanto en premios concecidos —ninguno— como en el hecho de que la asombrosa banda sonora en "blanco y negro" de Bernard Herrmann ni siquiera llegara a optar a la correspondiente estatuilla.

También en ese año podemos rescatar para el "muro de las vergüenzas" el que el galardón al Mejor Actor fuera a parar al vehemente Burt Lancaster —¿alguien ha dicho sobreactuado?— como el vendedor ambulante de 'El fuego y la palabra' ('Elmer Gantry', Richard Brooks, 1960) cuando quien realmente lo merecía era el inconmensurable Jack Lemmon de la no menos imprescindible y magistral 'El apartamento' ('The Apartment', Billy Wilder, 1960).

Coronados por el injustificado olvido de ese asombroso western que es 'El hombre que mató a Liberty Valance' ('The Man Who Shot Liberty Valance', John Ford, 1962), fue la música la gran perdedora en las ediciones de los premios de 1961 y 1962: en la primera porque la Academia prefiriera coronar a Henry Mancini por el discreto encanto del 'Moon River' de 'Desayuno con diamantes' ('Breakfast at Tiffany's', Blake Edwards, 1961) cuando ahí estaba la inabarcable 'El Cid' (id, Anthony Mann) de Rozsa.

En la segunda, porque de nuevo fue Elmer Bernstein el que se quedó sin el justo reconocimiento que habría supuesto el premio a su magnífica composición para la maravillosa 'Matar a un Ruiseñor' ('To Kill a Mockingbird', Robert Mulligan, 1962), un score de mucho mayor calado que el encabezado por la pegadiza tonadilla compuesta por Maurice Jarre para la fantástica 'Lawrence de Arabia' ('Lawrence of Arabia', David Lean, 1962).

2001

El resto de la década se dividirá, en lo que a "injusticias" se refiere —y si siempre entrecomillo el término es por lo relativo de su aplicación— entre la incapacidad de la industria de reconocer en Jerry Goldsmith al mejor compositor hasta en cuatro ocasiones a lo largo de aquellos diez años, la notoria falta de miras a la hora de hacer lo propio con Stanley Kubrick en las dos claras ocasiones que el legendario cineasta tuvo de alzarse con la preciada estatuilla o el enésimo descuido hacia el western en una de sus más imprescindibles y asombrosas acepciones.

Y si la primera de Kubrick —'¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú' ('Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb', 1964)— resulta dolorosa por cuanto es una de las mejores y más ácidas comedias de la historia del cine, la segunda es de todo punto imperdonable y una de las más claras razones por las que no "confiar" en los Oscars: la no nominación de '2001: Una odisea en el espacio' ('2001. A Space Odissey', 1968) al galardón a Mejor Película y que a Kubrick le arrebatara el premio el notable más no sobresaliente trabajo de Carol Reed en 'Oliver' (id, 1968).

Todo el hincapié que hemos hecho con respecto a las películas de "cowboys" a lo largo de esta entrada vuelve a estar más que justificado cuando, en 1968, la Academia le da la espalda por enésima vez al género ignorando por completo 'Hasta que llegó su hora' ('C'era una Volta il West', Sergio Leone), no sólo la cima del spaghetti western o una de las dos que coronó su realizador, sino uno de los mejores ejemplos del séptimo arte. Si señor. Así se ha escrito siempre, y así lo seguirá haciendo, la historia del cine según los Oscars.

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