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El desconcertante clímax de la gala de los Goya 2013 fue un extrañísimo premio contenido en un sobre que contenía nombres de los perdedores y de los ganadores. Esto lo podemos pensar siendo hombres y mujeres de buena fe.

Al anunciar la ganadora a la mejor canción original, Adriana Ugarte hizo un Marisa Tomei. O lo que es lo mismo: una rectificación. La pregunta es por qué había dos posibilidades, en qué clase de mente cabe poner ganadores y perdedores en un sobre. Si es que cuando hablábamos de crisis educativa, estábamos, tal vez, ante estas audacias conceptuales.

Pero lo más extraño y lo más grave del asunto, otro caso de sobres y sobras en feliz sintonía con los últimos acontecimientos, fue que cuando Candela Peña recogió emocionada su premio Goya también apareció una fotografía con el nombre de Chus Lampreave que invita a desconfiar cuanto menos de los procedimientos de la Academia del cine y de sus votaciones. El discurso reivindicativo de Peña apagó un plano en el que tenemos que sospechar de las votaciones y de la política de entregas. Una explicación sería bueno dado que fueron unos premios democráticos y bastante arriesgados (otra vez).

Por otra parte, los Goya 2013 han traído otro colofón que bien haríamos en retratar en películas venideras: la demagogia y el punto cero de las argumentaciones. Lejos de perseguir a quienes de verdad tienen millones ganados ilícitamente, se respira en el aire (gubernamental, periodístico) unas ganas de jauja y caza de brujas bien peliculeras y berlanguianas por resultar groseras y nunca respetuosas.

Las cacareadas y reprochadas subvenciones no lo son tanto entre otras empresas privadas de otros sectores que se benefician también de muchas y más generosas cantidades directas e indirectas y el nivel es tan bajo que uno se pregunta por qué una persona acomodada no puede denunciar las injusticias que sufren los demás sin ser reprimido, reprobado y perseguido por los medios y acusado de hipócrita.

Si el destino del cine y de sus representantes está en manos del sensacionalismo más cavernícola, yo me bajo.

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