Sigue a


Leyendo una de las últimas críticas de mi compañero Mikel Zorrilla he dado con una de las constantes de la crítica de cine y me gustaría celebrarlo.

Voy a explicar por qué esta frase última con la que Zorrilla cierra su crítica, altamente decepcionada, en la que solicita que “dejen de jugar con nuestra nostalgia para intentar sacarnos nuestro dinero con porquerías como ‘La jungla: Un buen día para morir’” es tan importante y tan significativa y porque recoge gran parte del sentir no del crítico sino de muchos cinéfilos actuales.

Hace unos días, leí un artículo magnífico de Simon Kuper llamado “Por qué me he desencantado del fútbol”, publicado en el Financial Times. Llegué a él a través del recomendable twitter del autor y editor Ramón González Férriz. El artículo hace un repaso bastante vivaracho a los conceptos emocionales y sentimentales, también religiosos y mitológicos, con los que la prensa construye un relato más o menos falso sobre dicho deporte, los equipos y sus jugadores.

Cualquiera que lea la prensa o escuche a la muchachada parlotear sobre el fútbol habrá oído la frase de “siente sus colores”, y, aunque más infrecuente, tampoco resulta extraño leer en los diarios deportivos grandes palabras sobre el “honor”, “la grandeza” o “la amistad” que, aparentemente, se reivindican en el fútbol. Es, por supuesto, de ahí de donde sale el concepto de fidelidad a un equipo no como una situación práctica sino como un ejemplo de pureza emocional y espiritual completamente separada de condiciones materiales.

Es conmovedor ver como esa ficción, obvia y notable, cala y la gente acepta generar un inverosímil sistema moral para emitir sus juiciosas sentencias sobre los jugadores. Así, un jugador que marche de su equipo será un “mercenario”. Pero, lo cierto es que todo jugador es una cotización y ninguno de ellos siente nada, nada que sea ajeno a las astronómicas cantidades de dinero que percibe mes a mes. Como los periódicos contribuyen a construir un relato basado en la “humildad” cuando hay multimillionaros, de escasa formación educativa, tocando una pelota es algo que siempre ha escapado a mi entendimiento.

Pero es importante, por varias razones, la principal es porque funciona. Resulta mucho más pegajoso imaginar que esos jugadores técnicamente hábiles en su disciplina creen en algún tipo de honor y no en lo feliz que resulta ganar millones de euros al término del mes, sobre todo si se ganan títulos. “Lo hacemos por la afición” repiten, aunque no suelen publicitarse tanto los lujosos pluses que reciben por sus trofeos, no fuera que la “afición” cuestionara la generosidad recibida. Con ello no quiero decir que el fútbol carezca de talento o no sea entretenido, quiero decir que sus transferencias amorosas son ficciones; es, ante todo, un espectáculo, no un escenario de sentimientos.

Es una mentira confortable: no lo hacen por el dinero, hay algo más que patrimonios espectaculares (ese algo más no explica, graciosamente, porque todos los jugadores se jubilan, sin excepción, en lujosos equipos de oriente medio con sueldos cada vez más disparatados). Pero tiene una razón de ser, claro: la mayor parte de la gente que lo cree nunca ganará esas cantidades de dinero. Nunca tendrá esa posibilidad de éxito, ni esos sueldos, ni ese poder adquistivo. ¿Cómo iban a pensar, pobrecitos, que el dinero es una causa más que razonable y vital por la que luchar? Eso desmontaría una fábula religiosa y nos llevaría a una verdad atea: tener mucho dinero y mucha fama está muy bien (pese a que la moral colectiva decida que no está del todo bien) y es una razón por la cual seguir haciendo regates y aprovechando todos los contratos millonarios, etcétera. La otra verdad, más incómoda, nos hablaría de instituciones bancarias que conceden privilegios y de razonar un poco el sueldo sobre un concepto clásico de economía: un pago sobre lo que se produce. Por eso, pese a que exista una tolerancia al lado oscuro de la fama y no se indigne nadie, siempre se regresa a pensar que hay emociones puras que brotan en el campo, entre sudor y patadas.

Con el paso de los años, el cine ha encontrado no pocas similitudes con la prensa deportiva, como más de un amigo ha tenido bien en señalarme. Así, la nueva cinefilia no confía ya en la tradicional figura del crítico que era quien encarnaba los intereses del espectador y quien ofrecía su inteligencia para discutir la película y se postulaba como interlocutor válido para ofrecer claves interpretativas pero también un relato muy distinto al de los publicistas cuyo fin último es, por si alguien no lo recuerda, vender la película.

Lo que ha sucedido es que se ha postulado como válida la figura del fan y muchos críticos han adoptado, si no en su totalidad, al menos bastantes de sus trucos retóricos. La relación del fan con una película es amorosa, admirativa. Evoca no solamente la película sino el tiempo que la vio y, por lo tanto, asume un contrato (imaginario) con el gran estudio que decide continuar con el legado.

El fan, al contrario que el crítico, no tiene pretensión alguna de analizar su producto en términos más anchos que los del amor. Lejos de analizar la estructura, los personajes, la dirección, las actuaciones o la acción dramática sino que considera la sensación inicial que tuvo al ver el producto como “única y maravillosa” y tiende a aprenderse personajes, subtramas, justificar giros muchas veces absurdos y consumir todo el merchandising relacionado con aquella saga, por tal de entender todos los “matices” de la historia.

Cuando George Lucas decidió continuar su aventura galáctica, después de unos costosos divorcios que habían dejado su fortuna en números bastante más irrelevantes, o Bruce Willis toma la decisión de ser John McClane una vez más, me sorprende quienes hablen en términos sentimentales a la película. Como un novio despechado, dicen “has cambiado” y vienen a constatar “significaste tanto para mí”.

Esto supone un triunfo estupendo de la publicidad. No solamente porque se sigue hablando del producto, sino porque no se cuestiona las razones por las cuales se continuó en primera instancia. Que la película fuera mejor o peor está fuera de la órbita y de la razón de ser del cine comercial, que es una estupenda máquina de dinero y se basa en la legitimidad del mercado, no en una subjetividad sentimental de un grupo reducido de usuarios. Películas como ‘Fanboys’ (2009) o la serie ‘The Big Bang Theory’ (2007-) ilustran perfectamente la lógica del fan y los mecanismos de su amor, con gags más o menos representativos.

Por eso, cada vez que con honestidad o con cierto sentimentalismo, un crítico o un espectador cree que está dialogando con un grupo de ejecutivos de nómina astronómica, un gran estudio de beneficios insondables que cotizan en bolsa y tres o cuatro responsables técnicos de un producto cuya labor es ganar un sueldo lleno de contratos con beneficios divididos en escalas de porcentajes, me siento francamente conmovido: me pregunto si realmente creen que bajos esas condiciones de producción, distribución y beneficio alguien debe (no ya puede) pensar en las intermitentes, efímeras letanías que se publican en la red. ¿Son acaso representativas del notable éxito que se cosecha? Los constantes exitazos de Harry Pottero los vampiros del último best seller de turno demuestran no que no importa la calidad, sino que se pueden construir franquicias enteras sin que exista un éxito de público tan clamoroso como el de las películas de los setenta y ochenta que dieron lugar a este modelo de producción actual, en el que no hay sombra ya para las películas medias, y que la gente disfruta de las películas sin coartadas nostálgicas de ningún tipo o evocando ese producto original con parecida nostalgia de los tiempos en los que “éramos niños y nada importaba”.

Y no es una tragedia que los grandes estudios ignoren opiniones minoritarias al lado del número de espectadores, dado que eso es lo que sucede cuando una población renuncia al papel de la crítica y se conforma con su progresiva y total irrelevancia. La crítica es la única manera que tiene el pueblo de hacer frente a lo que unos intermediarios comerciales e industriales quieren ponerle. Y el tipo de espectador que el fan propone es, por cierto, muy útil para los publicistas y las campañas de prensa, como también que los estudios ni siquiera necesiten ofrecer exclusivas a revistas de cine cuando miles de blogs hacen por ellos una gigantesca campaña de publicidad y los comentaristas creen, ingenuos, que hay algo más importante que el dinero en juego.

No he sido ajeno a esa lógica y durante muchos años, de hecho, he sido partícipe, mediante críticas, análisis o intervenciones. Con el tiempo, curiosamente he descubierto los placeres de cierto cine comercial sin esperar nada inspirado, más bien celebrando las dosis de talento y solvencia cuando aparecían, cada vez de manera más dosificada, en un escenario de grandes producciones tan hiperbólico que, como decía, no se estrenan en salas ni películas pequeñas, ni películas medias, las más despreciadas y devaluadas en el escenario actual y las que solían tener una vida comercial basada en la crítica y con ello, del consiguiente boca-oreja.

Por eso me emociona ver a los comentaristas discutiendo sobre Christopher Nolan, no solamente porque identifico mis errores pasados sino porque deben los entusiastas creer realmente que una megaproducción que acaba de dar un billón de dólares es un asunto sentimental en el que sus responsables están preocupados por la respuesta de la audiencia en otros términos que no sean monetarios. También sorprende, dicho sea de paso, como gustan de imaginar voluntades individuales (Nolan, Lucas) donde hay decisiones de un grupo de productores y ejecutivos: deben pensar que una película que cuesta unos dos cientos millones de dólares pasa por las decisiones de unos cineastas. ¡Pues menuda juerga es Hollywood!

Así que para la próxima, recordad: en esta pensaron en los fans. Un buen eslogan. Sobre todo para el primer fin de semana, allí donde se cosechan los mejores dividendos.

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

36 comentarios