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Al hilo de mi último post dedicado al cine comercial, Un acto de amor, en el que mostraba mi escepticismo ante la concepción de dicho como un acto sentimental en el que se culpaba, para bien o para mal, voluntades individuales debo decir que he leído con interés todos los comentarios.

Como sucede con un foro como el que aquí se estila, cuando el debate se coloca en buenos términos se llegan a puntos de conversación estimulante, que trato ahora de continuar. Una cosa que me sorprendió del debate es la concepción psicologista (y novelesca) de los hechos en la industria comercial. Yo pretendía aclarar que las películas comerciales no pueden separarse de sus condiciones materiales, ni, por tanto, de su tasa de beneficio, aclarando que el talento o lo que se viene conociendo como la recepción es accesoria.

También entendía que esto se había producido por el auge de la figura del fan en detrimento de la figura del crítico. Seguiremos comentando eso y sus verdaderas consecuencias. Ahora me gustaría mostrar mi sorpresa ante el uso de violentas descripciones respecto a los ejecutivos y productores detrás de las películas.

Hubo calificativos de todo tipo: “chacales”, “productores psicópatas” y, más allá de estos foros, no resulta raro el día en que no se defina a otros ejecutivos, incluso jefes de estudio como “buitres” o, quizás el más amable, “leones sin piedad”. Tenemos además de un asunto mental importante, una situación zoológica.

Hubo quien incluso me mandó uno de los excelentes coloquios de Hollywood Reporter para que comprobara que, efectivamente, los productores hablan con amor hacia el gremio fílmico, son gente más o menos de nuestra especie y está tan educada y tranquila como es de suponer dado que no conozco muchas patologías asociadas a este oficio.

Ciertamente, el periodismo ha tenido una responsabilidad grande, si no total, en su voluntad de desdibujar las biografías en mezclas más o menos extravagantes de hechos (comprobables) y rumores (absolutamente irrelevantes) hasta el punto de que el productor se diría sucedáneo o mutación derivado de Louis Mayer, el mítico magnate del Hollywood clásico, el excesivo Robert Evans, del Nuevo Hollywood y algún alumno salido del Wall Street imaginado por el Gordon Geeko al que Michael Douglas prestó gesto y exceso.

Resulta obvio que hay personas en las altas esferas que tienen adicciones. Pero también que la afición novelesca a describir al productor guiado por el sexo y el poder no por persuasiva y divertida deja de ser más ficticia. Una idea equivocada de mi texto sería sobreentender que estoy yo condenando a los productores de seguir haciendo su trabajo de manera excelente, conforme cambian los marcos, porque el cine es, ante todo, un modo de producción.

Pero me interesa ir a la raíz del asunto. Precisamente, de manera incisiva, un comentarista me recordó que hay “otros sentimientos” además del dinero en el mundo, en este caso, del fútbol. Esta costumbre es contemporánea, la de separar alma y cuerpo, y la de separar, también, sentimientos del dinero.

Lo que quiero decir es que aceptamos que el amor habite nuestra conciencia, pero tenemos muchos más problemas (todos de índole moral y ética) en aceptar que lo hace el dinero. Yo, en cambio, creo que no, creo que el dinero habita en nuestra conciencia y condiciona, no está separado sino que es una parte más de nuestra conciencia.

No resulta difícil demostrarlo: la cantidad salarial que recibamos respecto a la situación en la que lo hagamos determinará mucho nuestra decisión. No dependerá, como se suele decir, del tipo de persona, sino, para ser más justos, de lo que esa persona puede y necesita hacer. Que en estos marcos exista la ética es una conquista formidable de nuestra cultura.

Que la gente gane mucho dinero y sea feliz haciéndolo es parte de su vocación o entrega a un oficio, y, ciertamente, el grado de sentimiento que le pongan será siempre conjetura: la mayor parte de figuras públicas (cine o espectáculos deportivos) tienen importantes contratos publicitarios y saben que no pueden mostrar hartazgo, infelicidad si quieren mantener lo que han logrado.

Así que me gustaría desentrañar este malentendido. Los productores de cine tienen una labor y es la de devolver la inversión con creces para expandir su producto. Ello no significa que en medio de ese panorama, no surjan figuras de cineastas que en su labor como productores ayuden a nuevos talentos (como Judd Apatow) o genuinos productores mecenas, ocupados de apadrinar cine comercial y cine de menor calado comercial con bastante firmeza (como el gran Scott Rudin), además de productores de cine independiente y europeo capaces de ser faro del cine más poco común (como Paulo Branco).

El cine necesita, por supuesto, grandes productores. Y, por otra parte, a nosotros nos bastaría con no sentimentalizar tanto el relato mediático de los hacedores de película, dado que ficcionaliza situaciones que, en su mayoría, no son más que habladurías de páginas cuya labor es ser una altavoz para las consiguientes guerras internas en toda gran empresa poderosa.

No hay, a día de hoy, periodistas ocupados de desentrañar los hechos del relato de sus fuentes en el mundo de las superproducciones cinematográficas. Y eso no es una carencia, pero debe el lector dejar de imaginar y, por supuesto, distribuir cualidades emocionales y sentimentales como la bondad, el cinismo y la maldad donde solamente hay, hasta que alguien demuestre lo contrario, gente haciendo su trabajo y ganando sueldos estupendos por ello.

Y si muestra desconfianza, que recuerde siempre la máxima de Samuel Goldwyn: “No me importa que esta película no sea un taquillazo si cada hombre, mujer y niño de América puede verla”.

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