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Walter Murch (Nueva York, 1943), está completamente enamorado de su oficio. Basta oír el vídeo que he incluido encima de estas líneas para darse cuenta de ello. Pero también para darse cuenta de más cosas: de lo muy en serio que se toma el sonido en las películas, de su vasta cultura y sabiduría narrativa, y de su afabilidad y serenidad proverbiales, gracias a lo cual se ha ganado el respeto y la admiración de sus colegas de oficio y de los directores más importantes de su país. Pertenece a esa raza de individuos absolutamente geniales que siempre están a la sombra de los grandes focos mediáticos, aunque probablemente gran parte del mérito “técnico” (una expresión despreciada por muchos de manera tan absurda) en su más alta acepción: que todo aquello que el espectador necesita escuchar, aunque no lo sepa, está ahí, en las imágenes, y que el montaje es algo más que un corta-pega, para erigirse en verdadera herramienta visual.

Viendo su cara de tipo corriente, y escuchando su voz humilde y tranquila, no se imagina uno a este tipo enfrentándose a la inmensa hazaña de montar y sonorizar la ingente cantidad de material, el caos absoluto, que le llegó de la jungla filipina en 1978 con el nombre ‘Apocalypse Now’ impreso en las latas de celuloide, ni siendo parte indispensable de las imágenes convertidas en música de ese prodigio inexplicable que es ‘El paciente inglés’ (‘The English Patient’, Anthony Minghella, 1996). Ha conquistado esas cumbres, y otras, y lo ha hecho siempre al servicio absoluto de las historias que sus directores querían contar, sin crear un estilo propio identificable, ni nada por el estilo, pues al parecer para este hombre todo lo que huela a divismo por parte de un montador o un sonidista le tira de espaldas.

Dice Walter Murch: “El trabajo del director es darse cuenta de los diferentes puntos de vista y fundirlos de una manera interesante. Es como la relación entre un compositor, un director de orquesta, y los músicos de la orquesta”. Para él, el cine es un arte profundamente colectivo, y es un arte que se funde y se refunde varias veces, como un ave fénix. De las imágenes de la cabeza, pasa a un texto o guión en el que en cierta forma se transforman o destruyen, para luego ser filmadas y volver a nacer. A continuación son desmembradas en el proceso de montaje y mezclas, para alcanzar su estadio final. Como los grandes cineastas, Murch ha reflexionado largamente sobre su labor y sus posibilidades estéticas, mucho más de lo que han hecho, seguramente, la mayoría de directores que de directores sólo tienen el nombre. Ya en el otoño de su vida, hay pocas cosas que le queden por hacer, aunque es inimaginable que las próximas películas de Francis Ford Coppola, ahora que no está sometido a la tiranía de los estudiios, él no forme parte del equipo técnico.

De hecho, su primer trabajo como montador de sonido fue para Coppola en ‘Llueve sobre mi corazón’ (‘The Rain People’, 1969), pero además era muy amigo de George Lucas, y también diseñó el sonido de sus dos primeras películas ‘THX-1138’ (id, 1971) y ‘American Graffiti’ (id, 1973). Dos trabajos muy distintos entre sí en estilo y ambiciones, ya que la primera era muy intelectual y artística, y la segunda mucho más vitalista y llena de canciones de los sesenta. Pero en ambas Murch salió con nota, pues supo crear sonidos nunca oídos para la primera, y al mismo tiempo un naturalismo (estilizado, pero naturalismo al fin y al cabo) para la segunda. Sin embargo, mayores logros por su parte estarían al llegar, pues aunque apenas hizo trabajo de supervisión en ‘El padrino’ (‘The Godfather’, 1972), sí que fue una pieza insustituible en la compleja y magistral ‘La conversación’ (‘The Conversation’, 1974), que precisamente va de tipos como él: individuos especiales, capaces de mezclar el sonido y entenderlo como nadie.

Porque los mezcladores de sonido son gente rara, capaz de manejar cien pistas de audio como un director de orquesta, o tres tan solo, pero siendo capaces de extraer de ahí algo que nadie más podría. La Palma de Oro de ‘La conversación’ fue en gran parte mérito suyo, y eso bien lo sabe Coppola. Y ya en ‘El padrino, parte II’ (‘The Godfather, part II’, 1974), Murch, con su montaje de sonido y sus re-mezclas, lleva mucho más allá el paisaje sonoro trágico de la primera parte. No imagino, y seguramente Coppola no imaginaba a otro, capaz de enfrentarse a la titánica tarea de montar, y dar sonido a, ‘Apocalypse Now’ (id, 1979), un trabajo que llevó varios años de sangre, sudor y lágrimas, como se suele decir. En su estreno en Cannes, se llevó la Palma de Oro, aunque todavía no estaba terminada (después de más de un año de montaje y mezclas). Cuando en 1999 Coppola tuvo la idea de un nuevo montaje, que se llamó ‘Apocalypse Now Redux’ (id, 2001), Murch se lo pensó dos veces antes de volver a meterse en semejante pesadilla de miles y miles de metros de película, y en decenas de miles de pistas y archivos de audio.

Pero ya por entonces había llevado a cabo otra hazaña: la de mantener en pie la larga y difícil tragedia de los Corleone, que dieciséis años después de la segunda parte encontraban un epílogo magistral en ‘El Padrino, parte III’ (‘The Godfather, part III’, 1990), cuya idea de no escuchar durante varios segundos el alarido de dolor final de Michael Corleone pertenece por entero a Walter Murch. Ese mismo año había montado con artesanía incontestable la comercial y floja ‘Ghost’ (id, Jerry Zucker), que iniciaría una corta colaboración con ese director, y no mucho después comenzó a trabajar con el gran, y recientemente fallecido, Minghella, para el que montó y sonorizó sus tres películas más famosas, aunque con la primera de ellas, la ya nombrada ‘El paciente inglés’, hizo alquimias de poesía visual insuperables, mientras que con la última, la irregular ‘Cold Mountain’ (id, 2003), poco pudo hacer aparte de arreglar el desaguisado, parecido al desaguisado que este mismo año le entregaron titulado ‘El hombre lobo’ (‘The Wolfman’, Joe Johnston).

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En los últimos años ha participado nada menos que en nuevo montaje y restauración de la genial ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, Orson Welles, 1958), y ha colaborado en los nuevos proyectos de su amigo Coppola, como no podía ser de otra manera. Sus conferencias por todo el mundo, sus libros sobre sonido y montaje, sus trabajos audiovisuales, son de los más cotizados de su disciplina, un privilegio conquistado, y no regalado por nadie.

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