
Otra película que he tardado ligeramente en ver, como la que comenté ayer, es ‘127 horas’ (‘127 hours’, 2010), la adaptación de Danny Boyle del libro de Aron Ralston ‘Between a Rock and a Hard Place’, en el que el autor cuenta cómo se quedó atrapado en una cueva durante varios días.
No comparto el estilo de rodaje elegido por Boyle para esta película y sobre todo, no creo que sea el más adecuado para la historia que cuenta. Los recursos que introduce, ya sean los efectos de imagen, los flashbacks, los acelerados y otros juegos de montaje, el sueño… son curiosos de ver, pero no encajan aquí. Si bien la fotografía es llamativa y los paisajes muy agradecidos, todo se queda en un vacío lucimiento estético y en ganas de impresionar.
Sin embargo, considero que no son estos alardes visuales lo que provoca que poco nos importe el devenir de los hechos narrados. Sí, el estilo de rodaje tan artificioso contribuye a sacar al espectador de la narración, pero no es tan importante como dos aspectos que convierten en imposible la empatía con la peripecia. Por un lado, está el hecho de se que se conozca no solo el desenlace, sino la forma de llegar hasta él, lo cual es, en mi opinión, más grave, como explicaré más adelante. Y, por otro, el protagonista, a pesar de no caer mal, no logra que su destino importe lo suficiente —a mí, por lo menos, y no sé si a alguien más—.









