
Ha ganado la que tenía que ganar. La más bella, enigmática y humilde película de todas las que concurrían al Oso de Oro. ‘Bal (Honey)’ es una pequeña joya que conmueve al espectador sin recurrir nunca a la manipulación audiovisual, si no a la veracidad de la vida misma, y su director se confirma como uno de los talentos más importantes del actual cine internacional. La Berlinale apuesta así por un cine minoritario, pequeño pero grande, que ha sido su búsqueda desde que comenzó su andadura.
Podemos hablar, por tanto, de justicia casi absoluta (que el tiempo confirmará o desmentirá), en el máximo galardón, pero no tanto del resto del palmarés, en el que encontramos las habituales luces y sombras, siempre a juicio, por supuesto, de quien esto suscribe. Nada que objetar, por mucho que otros sí lo hagan, al Oso de Plata al mejor director a Roman Polanski por su estupenda ‘The Ghost Writer’. Muchos pensarán que es un premio de colegueo, o un guiño político. El cineasta franco-polaco, ausente por su vergonzoso proceso judicial, ha dado el acabado final a su película desde una celda o desde su casa de Suiza, dando instrucciones a sus colaboradores desde la lejanía. Pero ha pulido su obra con mano maestra.









