La nueva película de Rodrigo Cortés es muy sintomática de una manera de entender el cine español que ya lleva en boga varios años en una frase maravillosamente ignorante que dice no parece española. Cual nuevo rico, el espectador asiste, deslumbrado, ante una reproducción de clichés de mejor gusto, al parecer esquemas y personajes y actores anglosajones, que no enervan al personal con esa hispanidad ignota que nunca se expresa como se piensa, pero sí que parece avergonzar en muchos casos a todo buen espectador (menos, claro, al que le gusta ese género inverosímil, el del cine nacional).
En todo caso, Rodrigo Cortés ha cumplido su eficiente rol de servicio a las fuerzas del comercio. Tras un debut brillante, pero que pasó desapercibido, dirigió la celebrada ‘Buried’ (id, 2010) en la que, además de ejercer feliz de narrador de una versión muy cómoda para todos de la guerra de Irak (esa en la que el pueblo masacrado permanece en segundo plano y el villano es el otro, siempre de acento reconocible, y lo más siniestro posible), demostrando una notable agilidad formal en la que sacaba partido a todo su talento.
La trama cuenta las peripecias de un equipo de parapsicólogos (Sigourney Weaver y Cillian Murphy) ocupado en desenmascarar a un poderosísimo prestidigitador (Robert DeNiro) en la que una estructura de thriller. Cortés carece de cualquier interés en la construcción de personajes, así que la trama la van conduciendo sus giros y, supongo, los esforzados espectadores hablarán del giro final y de como la película les mantuvo pegados a la butaca, que de eso se trata. La concepción del misterio, sin embargo, es bastante parca y la dialéctica propuesta es honestamente cobarde.









