
De entre las diversas estrellas (no muchas, pues hay pocas que puedan ostentar tal calificativo sin tambalearse a los pocos años) que surcan el firmamento siempre desvalido, hipócrita y resbaladizo del Hollywood actual, una de las más solicitadas, rimbombantes y, para muchos, prestigiosa, es la de un muchacho rubio, de ojos azules, nacido en esa misma ciudad hace 35 años, de madre alemana y padre italiano, que desde los cinco está trabajando en el duro negocio del audiovisual norteamericano, y que ha sabido labrarse reputación de profesional y de comprometido ecologista.
Es un intérprete carismático y talentoso, pero en opinión del que esto escribe, sin la personalidad de los grandes de su oficio, y sí con una ambición que está casi siempre mucho más desarrollada que su instinto, el cual deja en la cuneta, a menudo, para dar rienda suelta a eso que se conoce, en la jerga, como ‘sobreactuación’, cuando en realidad no es otra cosa que interpretar de manera evidente. Pero en el cine, un actor, precisamente, lo que no ha de hacer es interpretar. Y en eso es especialista este rompecorazones redomado.

