Jim Carrey es el más grande

Miren bien ese rostro. Hoy día, el setenta y cinco por cierto de la población mundial podría reconocerle, a pesar del abundante y elaborado maquillaje. Estaba tentado de recortar aún más esta foto, hasta que quedara solamente ese ojo derecho tan desvergonzado e inquisitivo, que nos escruta con una energía arrolladora. Claro que también hay maldad en ese personaje maravilloso de Conde Olaf, pero Carrey no puede pese a todo enmascarar, aún con una máscara tan imponente, ese aura de chico amable y generoso, que sus amigos no se cansan en afirmar que tiene en la intimidad.
Jim Carrey es un genio del cine. Así, tal cual. O al menos de cierto tipo de cine. Sólo un genio podría sostener, con su sola presencia, con su talento transformador, una carrera repleta de títulos tan lamentables, la gran mayoría de ellos edificados en torno a su capacidad para negar tanto la materia con la que está hecha su cuerpo (que sospechamos, sólo sospechamos, es de carne y hueso como el nuestro) y sobre todo su rostro, como la materia de la que está hecha la comedia, erigiendo varios monumentos a la estupidez más descacharrante, barroca y… liberadora.