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‘El triunfo de un sueño’ (‘August Rush’) nos habla de Evan, que vive en un orfanato y se niega a ser entregado en adopción porque confía en que sus padres se comunican con él a través de la música. Para buscarlos, escapa hacia Nueva York, donde se involucra con un grupo de jóvenes músicos callejeros, bajo la tutela de Brujo, su peligroso y misterioso benefactor, que le pone el nombre de August Rush. El nuevo prodigio musical de 12 años aprende a tocar sólo con ver a los demás hacerlo y Brujo planea aprovecharse de este talento. Pero su madre, una joven y sobreprotegida chelista, Lyla, descubre que su hijo no había muerto en una accidente, como ella creía, y decide buscarlo. El padre, un cantante de pop irlandés, Louis, abandona a su prometida para encontrarlos a ambos.
Con este argumento creo que comprenderéis, sin haber viso la película, la conclusión que extraje al verla: o se realiza de forma mágica y especial o puede ser inaguantablemente ñoño. Está muy claro: los ingredientes para hacer una fábula onírica están ahí, pero muy pocas personas serían capaces de conferirle a la película el tono de cuento que nos permitiese entrar en ella como en un relato de hadas y dejarnos llevar por la fantasía. Esas personas quizá serían Tim Burton o Jean-Pierre Jeunet y a lo mejor se os ocurre alguno más. Sin embargo y por desgracia, Kirsten Sheridan no se cuenta entre ellas.
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