Seamos sinceros: nos cuesta mucho considerar el cine (o la literatura, incluso) llamado “para niños” como un cine importante o relevante. Más bien aceptamos, nadie sabe muy bien por qué, que juega en una liga inferior a los grandes dramas “de prestigio” que año tras año llegan a las salas. Ya sabe el lector que lo que voy a decir a continuación es que hay cine infantil (o juvenil) que también llega, año tras año, a las salas y que demuestra que tal diferenciacion estética es una falacia. Es decir, que el gozo de una historia infantil es, en realidad, el gozo de una historia para todas las épocas de la vida (¿o no invocan estos relatos lo que queda de nuestra infancia demolida?) y que su formalización puede (y continuamente logra) competir en su propio estilo con el cine más artístico.
Tal es el caso de ‘Una serie de catastróficas desdichas’, una de las más bellas películas del año 2004, adaptación de tres de las novelas cortas que conforman la larga serie escrita por Lemony Snicket (cuyo nombre real es Daniel Handler), y dirigida con sorprendente clarividencia por Brad Silberling. Un poema visual, una broma hilarante, acerca de la soledad del huérfano y la aventura de adentrarse en un mundo hostil plagado de amenazas, que no respeta a los niños, sino que les toma por principales víctimas. Sobre los familiares cariñosos (una bendición), y los familiares odiosos (una maldición).





