
Parece que, aunque en un momento se habló de ella como ‘Medianoche en París’, al final la nueva película de Woody Allen, que se ha estrenado esta semana, queda sin traducción: ‘Midnight in Paris’. Para una vez que el título era fácil de traducir sin dar lugar a problemas y sin perder significados… pero ellos sabrán.
A pesar de que el director de fotografía es Darius Khondji, la película no destaca por la iluminación, al menos no tanto como otras del iraní. Además, siendo París una ciudad tan bella, lo que temía con la colección de postales del inicio era conformarme con una película turística sin ningún aporte de originalidad. Afortunadamente, ‘Midnight in Paris’ no se queda en eso y desarrolla una opción que se va apuntando en los primeros diálogos y que, sin saber que iría en esa dirección, estaba deseando que se produjese —a continuación la menciono, por lo que puede estropearse ligeramente la sorpresa para quienes no hayan visto aún el film—.
Retomando el ingrediente mágico de la obra maestra ‘La rosa púrpura de El Cairo’, que Woody Allen ya utilizó en el cuento ‘El experimento del Dr. Kugelmass’; ‘Midnight in Paris’ lleva al personaje de Owen Wilson, un guionista de Hollywood que intenta debutar como escritor, al París de los años ’20, donde se producirá un desfile de personajes que son famosos ahora, pero que entonces no eran conscientes de su futuro. Cada nueva aparición de uno de estos artistas sorprende, constituyendo así el aliciente mayor de la película que, más que en un hilo argumental sólido basa su efectividad en estas reencarnaciones y en el efecto que ellas producen en su protagonista y en los espectadores. Esta fórmula lleva en sí misma su contrapartida, pues si lo interesante es el descubrimiento, una vez se introduce a cada genio, se agota el efecto del recurso. Por ello, Allen los reparte sabiamente a lo largo del metraje para que no dejemos de maravillarnos.





