
“Las drogas son maravillosas porque te abren la mente. Te hacen comprobar que la verdad no existe, que todo es relativo. La droga te da otra visión, otra dimensión. Te hace ver que nada es lo que parece…¡que nada es! La única realidad es tu realidad y será lo que tú seas capaz de ver”-Dante (Eusebio Poncela)
En ‘Martín (Hache)’ hay varios discursos como éste (que además, no he incluido en su totalidad), en los que los personajes (los cuatro importantes) hablan sin ambages, sin complejos, de sus sentimientos o ideas más profundos, con una verborrea incontenible, pura literatura convertida en diálogos lacerantes y rebosantes de vida. Adolfo Aristaráin, en su noveno largometraje, llega más lejos que nunca en su formalización de la palabra y el rostro como vertebradores de su cine, del cine que a él le interesa hacer.
El realizador de las inolvidables ‘Un lugar en el mundo’ o ‘Lugares comunes’, indagó además, en esta ocasión, en la dificultad de la comunicación entre padres e hijos, y también entre amantes y amigos, en el carácter destructivo y dependiente del amor, en la necesidad de aprender a hacer uso de la soledad, en la naturaleza ambivalente de las drogas. Una serie de temas mayores tratados con inusitada complejidad e inteligencia, pues Aristaráin sabe que con el cine se puede hablar de temas importantes sin caer en el adoctrinamiento o, precisamente, los lugares comunes.



Ayer se estrenó 
