Como la otra, la historia del Arte está llena de imágenes de catástrofe. No es de extrañar, ni tampoco que el cine, arte penúltimo e industrial, use todo su poderío, su importante pirotecnia, para imaginar y recrear la destrucción masiva. No sorprende decir, ni escribir, que podemos encontrar centenares de imágenes de destrucción en muchas películas porque la espectacularización del apocalipsis es una constante de un imaginario, ni hay mayor novedad en el hecho de que habrá entre diez y treinta películas que imaginen una urbe explotando lentamente. Pero merece la pena considerar las películas que han intentado erigirse, intencionadamente, como alegorías, aquellas cuyas resonancias no son mera coyuntura.
Habrá visto ya el lector uno de los muchos planos secuencias de ‘Hijos de los Hombres’ (‘Children of Men, 2006) de Alfonso Cuarón, una película ya clásica dentro y fuera de la ciencia ficción, ya sea por su brutal, inteligentísima y rabiosamente viva puesta en escena, que entronca varios planos secuencia imposible y sitúa de lleno al espectador en una distopía en la que ya no es posible tener hijos. La decisión de Cuarón no puede ser más consecuente porque su catástrofe nos sitúa no ya en la perspectiva del personaje sino en la del mundo que debemos mirar. Es el llanto del niño el que apaga, de manera efímera, una guerra sin sentido, es un barco en la neblina llamado Esperanza el que anuncia algo mejor. Pero son los planos secuencias los que constatan el espacio opresivo, en ruinas y en llamas, en el que se mueven los protagonistas: las imágenes de esta película contienen alegoría porque no pretenden sino que crean.





Llevabamos un tiempo sin saber nada de 
