
La película estrenada hace una semana, ‘Los Muppets’ o ‘Los teleñecos’ (‘The Muppets’, 2011), dirigida por James Bobin, cuenta que, varias décadas después de que el espacio de los Teleñecos fuese un éxito, los estudios están cerrados incluso para las visitas turísticas y un magnate del petróleo quiere comprar los terrenos para efectuar prospecciones. Un Muppet anónimo, adorador de los televisivos, descubre el pastel y se lo comunica a la Rana Gustavo. Existe una cláusula que les permite recuperar la propiedad tras desembolsar una elevada suma. Gustavo no tarda en pensar que la mejor manera de recaudar el dinero es reuniendo a los teleñecos para grabar una telemaratón.
Tal es la profusión de números musicales, que el metraje dedicado a que la historia avance resulta exiguo. Entiendo que las canciones compongan un aliciente para los niños y niñas que, viendo la película en casa por enésima vez, puedan cantar al son de la tele las letras que ya se han aprendido. Sin embargo, esta posibilidad no existe en el visionado en cine con las tonadillas novedosas. Se podrían entonar las ya conocidas, como la cachonda ‘Maná-maná’ o las que vienen de grupos de rock, pero no aquellas que se han compuesto para el film y que suponen la mayoría. La opción de disfrutarlas simplemente por la escucha tampoco se ofrece, ya que no son canciones brillantes y no solo porque, al no haber copias en v.o. en ningún cine, hay que haberlas escuchado en versión patria, sino que las originales –que he escuchado posteriormente para dar una opinión justa– distan de ser espectaculares.
A esto se suma que el conflicto se ha reducido al mínimo pensando en que un público infantil, de edades muy cortas, pueda comprender la progresión argumental. Se parte de una historia manida a la que los guionistas siguen recurriendo porque saben que es una de las fórmulas más proclives a derivar en un sentimiento solidario de colaboración y porque es la más dada a incluir a un grupo de personajes unidos con un mismo objetivo. Presenciamos el consabido reclutamiento de los descarriados que, afortunadamente se aligera gracias a un film montage o, como ellos lo llaman en uno de sus guiños metalingüísticos –el mejor es el de viajar “mapa a través“–, un truco de montaje. Pasado esto solo queda salvar los obstáculos para llevar a cabo el show, pero estos son mínimos y fácilmente solventables y el malo –interpretado por Chris Cooper– no supone una auténtica amenaza. Así que la curiosidad sobre el desenlace no es uno de los enganches del film.








