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Christophe Barratier

'La guerra de los botones', el entrañable cine francés

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La guerra de los botones

El cine francés arrastra, desde los movimientos a los que dio origen en los años ’60 y ’70, la fama de una cinematografía comprometida, de arte y ensayo y, para el público muy generalizado, aburrida o difícil. Sin embargo, aunque siguen haciendo alguna película de autor con calado social, lo que nos llega en esta época del país vecino son en su mayoría comedias de aire optimista y casi complaciente o cintas de propósito comercial claro que apelan, sin ningún disimulo, a la emoción del espectador antes que a su sesera. En Francia ya se han dado cuenta de ello y sus estrenos son absolutos éxitos de taquilla, por encima en ocasiones de lo que les llega del otro lado del charco. En el resto de Europa o quizá solo aquí en España, aún parece que no nos desprendemos de esa imagen del cine francés como algo que causa rechazo previo. La fama de cine sesudo puede perjudicar quizá al triunfo económico de sus cintas fuera de sus fronteras, pero también beneficia a su cinematografía al darle a todo lo que producen un barniz de cine bien hecho que no le presupondríamos a películas españolas o de otros países europeos de similar tono cómico.

Estas presuposiciones pueden ser acertadas, ya que los franceses han sabido encontrar una serie no muy numerosas de fórmulas, que siguen al pie de la letra una y otra vez y que siempre parecen funcionar. En estas propuestas se aprecia una profesionalidad, se ve que las películas se han producido bien y de manera seria, y que todo lo escogido tiene razones de estar ahí. Pero al mismo tiempo se ve también la mano personal de los autores que aportan cierta magia que hace que sus obras no parezcan productos prefabricados destinados al estreno televisivo. Para llevarlas a cabo siempre cuentan con estupendos profesionales, ya sean actores a los que se sabe lo que se les puede pedir –Gérard Jugnot sería el claro exponente de ese papel dentro del film del que trato–, ya sean técnicos y artistas.

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París, París, cine, cine

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paris-paris

A menudo, leo en el blog comentarios con frases del tipo “le ponéis pegas a todo”, “parece que no sabéis disfrutar con nada” (referido a películas, aclaro). Bueno, algo así me ha pasado por la cabeza tras ver ‘París, París’. Fui al cine (por cierto, un beso desde aquí para mis padres) con las expectativas bajísimas, esperando encontrar un producto blandengue y cursi, un mero aprovechamiento del éxito de ‘Los chicos del coro’, viniendo de los mismos responsables. Era la única conclusión que podía sacarse de las críticas que había leído (en varios medios además). Entonces me siento, con cierta resignación, dispuesto a poner el piloto automático y disfrutar, al menos, de mi jugosa bolsa de palomitas.

Menuda sorpresa me llevé. Sinceramente, a mí ‘París, París’ me parece una muy buena película. Incluso diría que necesaria, en estos tiempos. Es cierto que la trama juega sobre seguro y que los personajes están dibujados con bastantes tópicos, pero no lo es menos que el conjunto funciona, y muy bien, que te atrapa en todo momento, que emociona y entristece y divierte; atención a cómo se inicia la película y cómo termina, el optimismo, las risas y la bondad abundan, pero también las cuchilladas de la vida. Quizá la memoria me juegue una mala pasada, pero creo que Christophe Barratier mejora con respecto a su anterior y famoso trabajo, que también me gustó, por supuesto, pero no recuerdo que estuviera tan bien rodado como el que nos ocupa.

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