
Hace poco menos de dos semanas, el polémico filme brasileño Tropa de Elite ganó el Oso de Oro en la edición 2008 de la Berlinale. Tal veredicto, desde luego, dejaría a más de uno estupefacto. No sólo por tratarse de un filme modesto, primer filme de ficción de un poco conocido documentalista, José Padilha.
Tampoco sólo porque un jurado liderado por el cineasta Costa-Gavras, cuya posición de hombre de izquierdas es conocida, había premiado una película de pésima reputación ideológica, que más de una vez ha sido calificada como fascista -¡cómo era posible!. No, la estupefacción de la gente acaso se derivaba del hecho de que aquella cinta violenta y visceral había batido a grades favoritas como There will be blood de P.T. Anderson o Happy-Go-Lucky de Mike Leigh.
Tal fue el estupor que no ha faltado quien haya sospechado que el premio fue comprado por The Weinstein Co., distribuidores internacionales de la cinta.
Lo que los críticos de la decisión parecen pasar por alto, cegados caso por sus posturas ideológicas, es que Tropa de Elite adopta un valiente punto de vista para contar una historia llena de ideas provocadoras expuestas sin ambages, como aquella de que el porro que acaso justo te estás fumando mientras lees estás líneas, está teñido de sangre de niños inocentes, habitantes de laguna favelas de un país del tercer mundo, que han tenido la mala fortuna de caer en medio del fuego cruzado entre narcotraficantes y policías.



