
“¡Escapemos en mi yate!”(Terry)
‘Skyline’ arranca como si se tratara del episodio piloto de alguna nueva serie. Comienza de madrugada, con esos planos aéreos tan propios del cine norteamericano, mostrándonos las calles y los rascacielos de la ciudad de Los Angeles, donde de pronto comienzan a caer rayos de una brillante luz azulada. Entonces vemos a una joven pareja, despertándose en mitad de la noche tanto por la claridad que entra por las persianas como por un temblor que recorre el edificio. Se oye un grito en el salón y el chico va a ver qué ocurre. La habitación está inundada por la luz. El muchacho se queda inmóvil, mirando por la ventana, mientras su cuerpo comienza a sufrir extraños cambios… Y aparece el título del film, el segundo trabajo como realizadores de Colin y Greg Strause (‘Alien vs. Predator 2’).
La secuencia es un flashforward, un prólogo para impactar, recurso habitual de la televisión para enganchar al público y que no cambie de canal. La película comienza verdaderamente la mañana antes de la aparición de los rayos, con la misma pareja, en el vuelo que los está llevando a Los Angeles. Lo más lógico era empezar ahí, presentar a los personajes y luego enfrentarlos, junto al público, a la aparición de lo fantástico, para crear un lazo entre los dos lados de la pantalla, pero ‘Skyline’ es una perfecta hija de este tiempo, para bien y para mal. Bajo presupuesto (diez millones de dólares, una décima parte de lo que suele costar un blockbuster), rápida producción (un año desde que se empezó el guión hasta el estreno), rostros conocidos (y baratos) de la pequeña pantalla en lugar de lujosas estrellas de Hollywood, y espectaculares efectos visuales (que han costado casi el total del presupuesto). Lo cierto es que hay inteligencia, desvergüenza y mucha mediocridad en ‘Skyline’.




