
Quien quiere gustar a sus espectadores y adopta sin más los criterios y el gusto de estos, en el fondo no tiene ningún respeto por ellos, porque lo único que quiere es sacarles dinero del bolsillo. Actuando así no estamos educando al público con ejemplos de buen arte, sino que estamos solo enseñando a otros artistas a asegurarse sus ingresos. Y el espectador seguirá manteniendo su seguridad y su contento, vanos e indiscutidos. Pero si no le educamos para que llegue a una relación crítica para con sus propios juicios, en el fondo es que nos resulta indiferente…
En mi opinión estas palabras, provenientes de uno de los más eminentes artistas (esos personajillos que se empeñan en escribir libros o hacer películas para que el resto del mundo haga un uso diverso de ello, pocas veces a la altura de lo que se merece esa obra) que dio el tumultuoso siglo XX, Andrei Tarkovski, se pueden aplicar a todos los ámbitos y disciplinas de la creación artística. Y no sólo eso, también al empleo utilitarista del arte, a la recepción, reflexión y divulgación sobre el mismo. Seguramente, el director de ‘La infancia de Iván’ ignoraba que sus apreciaciones, varias décadas después de escritas, tendrían más vigencia ahora que nunca, y un sentido más deprimente.




