
Existen películas especiales que poseen la capacidad de afectar al estado de ánimo. Imaginemos que estamos de vacaciones, luce el sol y acabamos de ligar. Pero nos metemos en un cine a ver ‘Rompiendo las olas’ (‘Breaking The Waves’, Lars Von Trier, 1996). Pues como que ya se nos ha ido a la mierda el día y nos dan ganas de meternos en la cama a pensar en los males de este valle de lágrimas que es el mundo. Y que conste que es un film que aprecio, pero admitamos que el señor Von Trier no es la alegría de la huerta precisamente. De la misma forma, pongamos que hemos tenido un día infernal en el trabajo, llueve y nos ha dejado la novia. Pues no hace falta recurrir a la química, basta una dosis de ‘Cantando bajo la lluvia’ (‘Singing In The Rain’, Stanley Donen, Gene Kelly, 1952). Mano de santo, oigan.
Esta crítica nace de una contradicción: nunca he podido con las películas musicales. Toda mi vida las he asociado a tres características: argumento inexistente, gazmoñería interpretativa y toneladas de almíbar. Si esto quizá es aplicable a films como ‘Siete novias para siete hermanos’ (‘Seven Brides For Seven Brothers’, Stanley Donen, 1954), ‘Sonrisas y lágrimas’ (‘The Sound Of Music’, Robert Wise, 1965) o ‘Mary Poppins’ (id, Robert Stevenson, 1964), una película como ‘Cantando bajo la lluvia’ tenía todas las papeletas para acabar en el mismo grupo: la película es una excusa para amortizar añejas canciones ya existentes como la propia “Singing in the rain” o “Melodías de Broadway”; los actores no destacan precisamente por su sutileza a la hora de recrear una cándida historia de amor, y todo el film destila una joie de vivre que roza peligrosamente el empalago. Pero milagrosamente, al poco me olvido de mis prejuicios. Todo funciona como un maravilloso mecanismo de relojería emocional y a los dos minutos ya estoy entregado al film y al cuarto de hora improviso pasos de claqué frente al televisor. Intentemos descifrar el secreto de esta película.


