
Sucede con algunas películas que uno se encuentra, después de verlas, en un bando totalmente inesperado, defendiendo una obra que, a priori, estaba “cantado” que ibas a poner por los suelos (o viceversa, atacar un producto que esperabas como agua de mayo). Lo curioso del asunto es cuando te encuentras de frente, con las espadas en alto, a los que se suponía que, por fin, coincidirían contigo. Es decir, todos del revés. Hace unas semanas que se estrenó en nuestro país La Matanza de Texas: El Origen y hace ya un tiempo que fui a verla. ¿El resultado? Mejor de lo esperado. Un film palomitero, destinado a sacar pasta industrialmente, como sólo Hollywood sabe hacer, tanto en lo bueno como en lo (muy) malo, pero que se permite el lujo de destornillar unos cuantos clichés, como debe ser, llegando a niveles realmente salvajes (de los que invitan al debate sobre la salud mental de la raza humana). Y resulta que a los defensores de bodrios como ‘Saw’ o ‘Hostel’ les parece muy mala. Incomprensible.
‘La Matanza de Texas. El Origen’ se sitúa en 1969, con el estallido de la guerra en Vietnam. Dos hermanos, uno que ya ha estado en el conflicto y otro que acaba de cumplir los 18, por lo que ya ha sido llamado a filas, deciden hacer un viaje a Texas con sus respectivas novias, antes de ir destinados a Vietnam. A la vuelta, en la carretera, son perseguidos por una atracadora que incluso les apunta con una escopeta. Un animal se les pone delante y el jeep de los cuatro jóvenes sufre un violento accidente en el que una de las chicas sale despedida del vehículo. Entonces llegará el Sheriff del lugar, un impostor que asesinó al verdadero agente de la ley, y tras disparar a la atracadora, se llevará a los tres jóvenes a su casa, donde les espera el que será Leatherface.

