
La imagen que encabeza este texto pertenece a una de las secuencias más recordadas de ‘Ronin’ (id, John Frankenheimer, 1998), film que a finales de los 90 sorprendió por enfrentarse al moderno cine de acción desde una óptica más clásica, y que, en cierto modo, se adelantó a lo que más tarde veríamos en la saga Bourne, cuyas influencias del cine de los thrillers de los 70 es más que evidente. Pero antes de que Paul Greengrass de luciese con la espléndida tercera entrega de la saga, un artesano como John Frankenheimer nos dejó con la boca abierta con ‘Ronin’, que lejos de ser una gran película, sí es muy disfrutable —uno de los principales objetivos del séptimo arte creo que es hacer disfrutar al espectador—, y sirve de lección a otros directores con más millones en el banco, pero que de filmar acción no saben absolutamente nada.
John Frankenheimer jamás formará parte de la lista de grandes directores de la historia, llena de nombres repetidos hasta la saciedad. Pero sí forma parte de la lista de grandes artesanos, que lejos de dejar una huella imborrable en el cine, dejaron el suficiente número de películas, algunas de ellas imprescindibles, con las que honraron una profesión que con el paso de los años, y salvo excepciones, ha ido encaminándose hacia el abismo de la falta de personalidad, convirtiéndose en muchos casos en robots que firman productos prefabricados destinados única y exclusivamente a amasar grandes cantidades de dinero. No tengo nada en contra de ganar dinero, y menos en estos tiempos, pero aquí cuando hablamos de una película es lo que menos nos interesa. Lo que nos interesa es el buen cine, y en ‘Ronin’ lo encontramos. Tanto, que trece años después de su estreno, la película no ha envejecido ni un ápice. Si acaso lo contrario.









