
Se quejaba mi compañero Juanlu de que en la traducción al español hubiesen cambiado el título original de ‘Death Defying Acts’, es decir, “actos que desafían a la muerte”, por uno mucho más vulgar: ‘El último gran mago’. Pero a mí no me parece tan desacertado: a película mala, título malo. El original suena demasiado grandilocuente para lo poco que tiene que aportar el film de Gilliam Armstrong sobre el gran Houdini y una señora de buen ver que intentó embaucarlo con supercherías sobre el más allá y lo embaucó con sus mohínes y redondeces.
En ‘El último gran mago’, que se estrena el día 4, una niña, Saoirse Ronan, nos cuenta en voz en off que se dedica, junto con su madre (Catherine Zeta-Jones)–que, por el nulo parecido, probablemente la adoptó— a robar cosas a la gente para así hacerles creer que hablan con sus antepasados muertos. Escuchan en el equivalente al No-Do que el mago Houdini irá a su ciudad, Edimburgo, y ofrecerá un dineral a quienes le digan las últimas palabras que pronunció su madre en el lecho de muerte. Las dos estafadoras se deciden a ganar la cantidad.


