
En general, me interesan poco las películas biográficas, lo que no está motivado por mi desinterés hacia las vidas de personajes famosos o por descubrir, sino porque este tipo de relatos suelen armarse con una estructura de episodios desligados, en lugar de con el clásico objetivo vs. conflicto mantenido hasta el final del metraje. De ‘J. Edgar’, la película de Clint Eastwood que se estrenó la semana pasada, encuentro la parte personal como la más inspiradora. No me baso en el morbo de descubrir un secreto embarazoso sobre un hombre de estado, sino porque supone una contradicción para el protagonista, elemento que siempre se ha apreciado como el que mejor puede servir para hacer humano, polifacético y rico a un personaje. Son los dilemas los que mueven a actuar de una determinada manera a los protagonistas y las decisiones tomadas a partir de estos serán necesariamente más dignas de análisis que las que surjan de una mente serena.
La interpretación de Leonardo DiCaprio es sublime, con especial mérito en los momentos en los que hace de anciano. En ellos, no solo su maquillaje está muy logrado –no así el de Armie Hammer–, sino que además, sus movimientos y postura imitan tal cual los de un hombre mayor. Si escribo que he echado de menos una exploración más profunda de una mente desquiciada no estoy afirmando que su actuación adolezca de ningún matiz. Me refiero al perfil dibujado desde el guion: esperaría que todas esas luchas internas y externas hubiesen dado lugar a un ser aún más atormentado. Si bien los autores no lo muestran con un hombre por completo en sus cabales –principalmente en su relación enmadrada con el personaje de Judi Dench–, sí le conceden una compostura que me hace pensar en cierta benevolencia hacia él. No hablo de que esperase ver un castigo ideológico que lo mostrase como un loco debido a sus decisiones, sino a lo que parece más lógico que pudiese haber surgido de su situación. La dignidad con la que se lo muestra, si bien colabora a que la película pueda seguirse con la empatía necesaria para acompañar al protagonista, creo que al mismo tiempo también limita el retrato.





El tipo de la izquierda era J. Edgar Hoover, fundador del FBI estando al frente de dicha organización durante casi medio siglo. De doble moral y con un poder inimaginable —llegó a conocer los secretos inconfesables de un buen número de personalidades importantes, por lo que las tenía en su mano— fue protagonista de algunos de los escándalos más sonados de la reciente historia de los Estados Unidos. Ahora su persona será objeto de un biopic que está siendo escrito por Dustin Lance Black, que recibió el año pasado un Oscar al mejor guión original por ‘Mi nombres es Harvey Milk’. El gran Clint Eastwood podría ponerse detrás de las cámaras.

