
“Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida.”
Hace algunos días, un amigo me contó que, a finales de la década de los noventa, él tuvo la oportunidad de conocer a Gabriel Figueroa. Sería no mucho antes de su fallecimiento. Fue en la Filmoteca de Madrid, a la que había acudido Figueroa para hacer una presentación de algunas películas que llevaban su firma, y para que algunos tuvieran la oportunidad de charlar con una leyenda del cine. Una de las de verdad, no de esas que por tener dos éxitos masivos ya piensan que merecen un lugar en el Edén del Cine. Me contaba también, mi amigo, que aquél día fue algo vergonzoso: apenas sí se habían reunido una docena de personas entre los asistentes. Eso sí, todos ellos entregados a las palabras y al rostro de uno de los más legendarios directores de fotografía americanos de todos los tiempos. Lo más seguro es que por aquél entonces yo ni siquiera fuera mayor de edad, pero recuerdo bien que ya había visto ‘El fugitivo’ (‘The Fugitive’, John Ford, 1947) y me había quedado alucinado con la luz y el estilo fotográfico de esas imágenes tan estilizadas.
Figueroa fue, durante bastante tiempo, un operador no demasiado considerado, ni siquiera por sus colegas, que encontraban en él a un profesional todo terreno algo mecánico y repetitivo. Pero hacia las décadas de los sesenta y setenta (probablemente, las más importantes de la historia del cine mundial, a todos los niveles) muchos comenzaron a apreciar debidamente el inmenso talento de este fotógrafo, cuando ya había filmado un gran porcentaje de las más de doscientas películas (se dice pronto) que llegaría a iluminar. Es decir, cuando ya ingresaba en la ancianidad muchos comenzaron a ver sus películas mexicanas y norteamericanas con otros ojos, dándose cuenta de que nadie había filmado México como él, de que pocos se acercaban a su pericia con el blanco y negro, de que había contribuido de manera enorme al desarrollo de la industria y los profesionales de su país, de que había triunfado en todos los géneros, con todo tipo de historias y directores, a un lado y a otro del Río Grande.



