
El cine ha fantaseado siempre con hacer desaparecer la línea que separa la película de la sala de butacas. Nos ha contado unas veces historias donde el protagonista se introduce en la proyección que él mismo está viendo y otras donde los personajes de esa proyección son capaces de traspasar la frontera hacia la ‘realidad’. Es una forma de metacine, de ‘cine dentro del cine’, que refleja los sueños y deseos que hemos tenido todos alguna vez como espectadores. ¿Quién no se sintió identificado con el niño protagonista de la infravalorada ‘El último gran héroe’ (‘Last Action Hero’ 1993)?
Cecilia viajaba entre ambos mundos en la entrañable ‘La rosa púrpura del Cairo’ (‘The Purple Rose of Cairo’ 1985), un avispado productor estaba obsesionado por hacer física la experiencia cinematográfica de serie Z en ‘Matinee’ (1993), José Sirgado se dejaba vampirizar por una misteriosa filmación en la arrebatadora ‘Arrebato’ (1979) y el gran Buster Keaton se metía directamente en la película que proyectaba como operador en la genial ‘El moderno Sherlock Holmes’ (‘Sherlock Jr.’ 1924).

