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El Planeta de los Simios

No hay nada como ponerse en la piel del otro para llegar a una mayor comprensión. Algo así es lo que propone como punto de partida ‘El Planeta de los Simios’, donde los animales actúan como seres racionales, como la raza dominante del planeta, y los humanos son bestias salvajes, carentes de inteligencia y peligrosos para la convivencia de la sociedad avanzada. Genial el momento en el que unos alegres gorilas se fotografían junto a un puñado de cadáveres humanos. ¿Asqueroso? Vaya, pues sí. Lo mismo que cuando se matan animales para crear costosos productos de consumo o simplemente para probar la puntería.

Hay quien piensa que la crueldad es fruto del ser humano y quien piensa que lo es de la naturaleza. Desde luego, en ‘El Planeta de los Simios’ nos señalan como el mal del planeta, de un modo muy similar a como lo hiciera, mucho después, el agente Smith en ‘Matrix’ (“el hombre es un virus”). En el glorioso final de la película dirigida por Franklin J. Schaffner, sin lugar a dudas uno de los mejores de toda la Historia del Cine, un enfurecido Charlton Heston maldice a la raza humana, golpeando el agua y la tierra como uno de esos simios a los que se ha enfrentado poco antes. Un grito desgarrador que casa perfectamente con la imagen de cierto monumento simbólico en no menos significativo estado. Una estampa para la eternidad de una película que debería ser vista y analizada por todos; y cuanto antes, mejor.

Antes de seguir quiero protestar por algo. Resulta lamentable que hoy día se haya puesto de moda reventar algunos finales míticos de grandes películas cuando se distribuyen en DVD. Recientemente volví a ver esta joya de la ciencia ficción junto a una persona que no la había visto (ésa fue mi excusa para volver a visitar el planeta de los monos) y de no ser por la precaución que tuve en un par de ocasiones, retirando rápidamente el disco donde viene la película de la caja, y no dejando que el menú principal avanzase demasiado, mi querida acompañante habría descubierto la fantástica imagen final de ‘El Planeta de los Simios’ antes de tiempo. Desde aquí, un tirón de orejas muy fuerte para los poco considerados responsables de la, por otra parte brillante, edición.

‘El Planeta de los Simios’ (‘Planet of the Apes’, 1968) se basa en una novela de Pierre Boulle. Si bien hay cambios importantes (como el final; el flojo remake de Tim Burton es más fiel a la obra de Boulle), el inicio y el desarrollo de la trama es prácticamente el mismo. Básicamente, una grupo de astronautas aterrizan de forma brusca en lo que parece ser un planeta desierto, pero habitable. Tras recorrer una larga distancia, los tres hombres (hay una mujer pero muere en la nave) comprenderán que la evolución de este escenario no tiene nada que ver con la que conocían. Los seres humanos son animales y los simios son… humanos.

Franklin J. Schaffner se permite el lujo de retrasar la aparición de las monstruosas criaturas, que es precisamente lo que el espectador quiere ver desde el principio, para provocar que se mantenga en tensión y expectante ante cualquier acontecimiento extraño que aparezca en pantalla. De hecho, todos, seguro, nos llevamos un pequeño susto la primera vez que vemos a los mal llamados “espantapájaros” en lo alto de la colina.

En este sentido, hay que mencionar la memorable banda sonora de Jerry Goldsmith, prueba irrefutable de que una melodía no tiene que ser “tarareable” para ser magistral. Schaffner dota al film de un aire tan seco y hostil como el propio planeta que habitan los simios. A veces llega a resultar asfixiante la situación del personaje de Heston y cuando éste se lanza a correr, es como si nos arrastrara a todos. La película es un prodigio de ritmo y es que nos encontramos ante una historia de mucho diálogo y detalles complejos (si se quiere ahondar en algo más que el enfrentamiento simio-hombre, claro), pero que no se olvida del entretenimiento y el espectáculo.

Por supuesto, el alma de la película es Charlton Heston. Es el protagonista, nuestro referente como espectadores, y quien debe pasar por todo ese viaje de pesadilla hasta encontrarse con su destino. La estrella, tan odiada hoy por razones extracinematográficas y por tanto irrelevantes cuando se convierten en absurdos prejuicios a la hora de ver una película que protagoniza, compone un personaje magnífico, de una complejidad que sólo grandes actores pueden exteriorizar en la pantalla.

Heston interpreta a un investigador decepcionado con la marcha de la humanidad y deseoso de encontrar algo que dé sentido a la existencia. Con gestos serios, frases ácidas, risa sincera y voluntad firme, el personaje debe ir modificando su conducta para no acabar convertido en un mero adorno para el museo simio. Su particular rostro le viene a la perfección a un hombre que trata de poner orden en lo que le rodea; que no se explica cómo es posible que unos animales hayan llegado a controlar un planeta, una zona que debería estar gobernada por seres como él, humanos inteligentes. Y como hombre que es, se comporta de forma violenta y hostil hacia los animales, puesto que él debe ser el que esté por encima. Algo que queda reflejado en esa mítica frase que se libera poderosamente de su dolorida garganta, atrapado en una red y justo cuando los simios van a agarrarlo.

Al margen de Heston, y de Linda Harrison, una Eva primitiva que sólo acompaña a su pareja, tenemos a gente como Roddy McDowall, Kim Hunter o Maurice Evans, que interpretan a diferentes simios (no ganó el Oscar el maquillaje porque no existía esa categoría). Por cierto, es muy interesante cómo éstos están divididos en clases. Están los gorilas que son los soldados, los chimpancés que podría decirse que es la clase obrera, y luego los orangutanes, que tienen la función de líderes y jueces. Los gorilas son fuertes pero torpes y tontos, los segundos se nos muestran inteligentes pero por ser vistos a través de Cornelius y Zira, la pareja de simios protagonista que ayuda a Heston; por eso es la clase que más simpatía nos despierta.

Los últimos, los orangutanes, son los que, a partir de unas escrituras sagradas (su propia Biblia), imparten justicia y gobiernan la comunidad. De nuevo, otro punto de interés en la película. Aunque hay un motivo para todo ese teatro religioso, que sólo se desvela al final, no podemos dejar de ver en estos simios a nuestros propios representantes de las diferentes entidades divinas. Todos ellos rechazan la ciencia cuando va en contra de sus postulados, cuya única razón de ser es que, simplemente, se ha escrito así. Sin prueba alguna, ni falta que hace. Cuanto menos se discuta, se piense y se ponga en duda, mejor. Así se puede mantener el estatus y el orden. A la cárcel, a la hoguera, o al laboratorio para una operación cerebral, todo aquel que suelte blasfemias y haga pensar al personal. De hecho, la idea de la obra es muy pesimista, en el sentido de que los que suplantan al hombre están también condenados a repetir sus errores.

En conclusion, ‘El Planeta de los Simios’ es una de las grandes obras maestras del cine que nos ha dejado el muchas veces infravalorado género de la ciencia ficción. De mensaje siempre vigente, desde que el ser humano se alza como el animal dominante y con derecho a imponerse y manejar a los demás a su antojo. Vigente hoy también por todo el tema del calentamiento global y la destrucción del planeta. Quizá somos tan ciegos que necesitamos, como en el film, una gran guerra que acabe con todo y que permita a la “sabia” naturaleza volver a plantearse si permitir que gobernemos la Tierra. Quizá el simio lo haría mejor. En todo caso, sin armas ni líderes fanáticos religiosos, por favor.

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