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El retorno del rey

“¿Qué insinúas, mi tesoro, mi amor?”

-Gollum

Toca enfrentarse a la última de la trilogía de ‘El señor de los anillos”, la que más éxito económico conoció, y la que se alzó con 11 Oscar (siendo la única en lograrlos, junto a ‘Ben-Hur’ y ‘Titanic’), y considerada por muchos como la mejor de las tres. De hecho, el propio Jackson la llamó, con una indisimulada autocomplacencia, “la joya de la corona”. Pero la realidad, al menos para quien esto suscribe, es que se trata de la menos interesante de las tres, y la que más apuntala la certeza del incierto talento de Jackson.

Porque todo lo que hizo inolvidable a ‘Las dos torres’ está ahí: el mismo equipo técnico, el mismo reparto, la misma base literaria. Sin embargo, por razones que intentaremos desentrañar (y que a algunos no convencieron hace un tiempo), y que pensamos (pienso) radican en el trabajo de Jackson y de su montador Jamie Selkirk, incapaces de construir una historia con el necesario crescendo, pues está repleta de altibajos y de una falta de ritmo asombrosa, además de pequeños fallos como un apresurado acabado final, que técnicamente (tanto en digitalización, como en infografía, salvo Gollum y la araña gigante) están por debajo de lo que se podría esperar.

Todo empieza como acabamos, con Frodo, Sam y Gollum internándose en Mordor, y con el resto de personajes después de la batalla en el abismo de Helm. Pero antes, un breve prólogo, totalmente innecesario, que explica de qué manera Deagol y Smeagol (el futuro Gollum) encuentran el anillo y luchan por él. Ya aquí advertimos algunos defectos y rasgos narrativos que se van a apoderar de buena parte del metraje: el prólogo es innecesariamente largo y está exagerado tanto en sus colores, un verde y un azul claramente mal medidos en la digitalización, como en la forma, pues todo esto quedaba muchísimo mejor imaginado que visto, sugerido que mostrado.

Dándose importancia

Más allá de un prólogo que nada añade, la primera parte de la película es, salvo el bloque de Frodo, lenta sin necesidad. El concepto que mejor la define es morosidad. En la novela, comenzamos con el frenético viaje de Gandalf y Pippin a Minas Tirith, para advertirles de la inminente batalla que se les viene encima. Es decir, la tensión no ha abandonado el relato, como sí ha abandonado la película. En la segunda parte, Jackson tuvo la sensatez de comenzar con la persecución de Aragorn a los orcos, aquí comenzamos con más de 45 minutos de tedio incomprensible.

Por suerte, del montaje para cines (en la edición extendida lo sufrimos), quitaron la bochornosa secuencia de la muerte de Saruman, que el mismo Jackson, y su equipo de guionistas, en los comentarios, ya califican de inservible. Y es que parece que se ha terminado la imaginación, aunque el presupuesto sea enorme. En lugar de la carrera hacia Minas Tirith, que Gandalf y Pippin podían haber emprendido después de visitar Orthanc (pues allí encuentran el fatídico palantir), regresamos a Edoras, y tiene lugar un largo bloque anticlimático y sin el menor interés, con la fiesta que celebra la victoria.

El bloque que mejor funciona es el de Frodo, pero ahí, como en Edoras, los motivos y los temas se repiten: la traición de Gollum (que en vez de consumarse sigue flotando en el ambiente), como el amor de Eowyn por Aragorn, o el deseo de Gandalf de que Frodo siga vivo. Todo eso ya lo hemos visto. Reiteraciones. Y muchas escenas que no son necesarias, como el sueño de Eowyn. También volvemos a esa espantosa cámara lenta que no vimos casi en ‘Las dos torres’ y que ensució gran parte de ‘La comunidad del anillo’, cuando Pippin coge el palantir.

También regresa el caos en la planificación, con la reunión entre el rey de Rohan, Aragorn, Gandalf y los demás, para decidir qué hacer a continuación, que recuerda el desastre de montaje del Concilio de Elrond. Y la despedida entre Pippin y Merry queda hortera y sin fuerza. Nada tiene fuerza, todo parece desencajado, fuera de lugar, sin su justa medida. Como un pálido reflejo, sin garra, de ‘Las dos torres’. De nuevo, también, una visión de Arwen, del futuro con Aragorn, pero sin la belleza de la segunda parte: la imagen del niño mirando a cámara parece un hortera anuncio de champú.

Ver cómo Arwen arroja la capa al llegar a Rivendel, o cómo deja caer luego el libro, son recursos de cine melodramático facilón, heredado de la publicidad. No hay la menor belleza ahí. Los cortes y los gestos mecánicos han regresado. La vida parece haber desaparecido de la película. Y lo peor de todo es que es una secuencia que se toma como excusa para que Arwen le lleve a Aragorn a Narsil, la espada de sus antepasados, ya reconstruida. Escena que estaba prevista para la segunda parte, y que requirió de escenas nuevas que rodar. Un sinsentido.

Hasta aquí, cuarenta minutos de película en la que no hay (mal que les pese a los fanáticos acérrimos de la saga), nada interesante, ni mucho menos notable. Más bien lo contrario. Morosidad y exageración, autocomplacencia y sentimentalismo. Por fin Gandalf y Pippin viajan a Minas Tirith, y por fin empieza la película, comienza a andar la historia. Ahora bien, de nuevo una secuencia lamentable: la larga subida de Gandalf hasta llegar cabalgando al palacio del rey. Innecesaria, aburrida, reiterativa. ¿Para qué? Para mostrarnos la ciudad. Muy poca imaginación.

Los dramas del senescal Denethor

El personaje de Denethor (interpretado por el buen actor John Noble) tenía en la novela muchísimas posibilidades, desaprovechadas por Jackson (o por el director al que le tocase dirigir la escena en su lugar…ejem…) en una creación lamentable. Imposible mayor número de tics, exageraciones u obviedades en un actor que hace tan evidente su personaje, que termina por ser grotesco. No le da ni una posiblidad. Es simplemente repugnante. La secuencia del diálogo con Gandalf no tiene ningún sentido, como tampoco tiene ningún sentido la planificación, completamente arbitraria y con el solo objetivo de engatusar al espectador, nunca de proponerle una verdad.

Por fin hay una buena secuencia, que recuerda los mejores momentos de ‘Las dos torres’, cuando el trío viajante se interna en Minas Morgul, que es un hallazgo visual por la increíble atmósfera que provoca, y la sensación de hallarse en un lugar donde la esperanza ha sido desterrada. Allí encuentran la escalera del pasaje secreto, y hay un plano fabuloso que te hace sentir literalmente dentro de la película: el plano subjetivo en el que Frodo, casi ido, mira la abominable ciudad. Es una secuencia de gran fuerza: el nazgul apareciendo como de una pesadilla, las alas de su bestia quedando colgadas de la estructura.

De pronto, el montaje (auténtico medidor de la solidez de la trilogía, pues se rodaron varios millones de metros de celuloide), funciona a la perfección, nos quedamos literalmente pegados al asiento. La pasión y la imaginación, ausentes hasta ahora, regresan con fuerza. El abismo de escaleras que el trío asciende de manera penosa, nos pesa en el alma. ¿Qué más pruebas se necesitan del incierto talento de Jackson y de la capacidad de inventiva de un equipo que se deja la piel en una creación soberbia de fantasía? Viendo pasar a las interminables de Sauron, también nos damos cuenta de que ha pasado una hora de película.

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