
Créame, no quiere que Hannibal Lecter penetre en su cabeza
-Jack Crawford
A la hora de valorar una obra cinematográfica, algunos dejan su juicio en forma de cinco estrellitas variables (quizá cuatro), y otros puntúan de cero a diez. En el segundo caso conozco a muy pocos capaces de ser coherentes, pues resulta muy tentador regalar sietes y ochos a películas meramente interesantes. Para mí, un ocho es una gran película. Un nueve es una película impresionante, una maravilla como ‘E.T.’. Y un diez es para una obra excepcional, algo realmente muy especial. Muchos cinéfilos otorgan dieces con demasiada facilidad. A mí me resulta más complicado. Aunque en el caso de ‘El silencio de los corderos’ se lo otorgo sin dudarlo un segundo. Y esto por numerosas razones de las que explicaré cuatro:
1. Todos y cada uno de sus actores, hasta el figurante con frase más ramplón, están perfectos. Sencillamente perfectos. Es imposible sacar más partido de ellos. 2. El material literario preexistente, la mejor novela de Thomas Harris, era excepcional. Y el guión también lo es, una joya de Ted Tally, que aúna lo mejor del texto y propone ideas visuales nuevas de grandísima altura estética. 3. La dirección de Jonathan Demme está exenta de todo divismo, y contando sucesos de gran dureza y oscuridad, despliega una elegancia asombrosa. 4. Es mucho más que una historia de psycho-killers, como veremos a continuación.
Analicemos, como se merece, a esta obra de arte: