La última película de animación de Hayao Miyazaki que, a pesar de tratarse de dibujos animados, no es en absoluto una película para niños, llega a nuestro país con casi dos años de retraso. Aunque data de 2004, se estrenará aquí el 3 de marzo de 2006. También a los Oscar llega tarde, lo cual es una pena porque otro año la habría apoyado fervientemente, pero me cuesta elegir si compite contra ‘La novia cadáver’ y ‘Wallace y Gromit’.
‘El castillo ambulante de Howl’ (Hauru no ugoku shiro) sigue la línea de otras producciones del Estudio Ghibli, como ‘El viaje de Chihiro’ que le valió un Oscar al ilustrador, o ‘Laputa: El castillo en el cielo’. Con ésta última tiene muchos puntos en común, pues se trata de un castillo que, en lugar de volar, esta vez, camina.
Es una película llena de fantasía desbordante y de temas recurrentes en Miyazaki, como los fantasmas y los personajes que no se sabe si son buenos o malos. Hay momentos maravillosos, escenas increíbles, personajes muy entrañables, de entre los que el espantapájaros mudo (en la parte central del cartel) quizá sea el más simpático. La inocencia y capacidad de sentir sorpresa e ilusión de Sophie, la niña protagonista, su relación con los demás seres, como el demonio del fuego, la vieja bruja o el propio Howl (en la parte alta del cartel), un personaje lleno de matices, son otros de los logros del filme. Y… ¿qué decir de los dibujos? La estética es de cuento, fascinante, los colores son suaves y variados en la ciudad y el campo, y oscuros y tétricos en otras partes donde rugen las batallas y la devastación. Miyazaki es un indudable genio para crear ambientes y cualquiera que haya visto ya alguna de sus películas sabrá de lo que estoy hablando.
Lo más sensacional es un hallazgo de imaginación insuperable que consiste en que, según se gira una rueda de cuatro colores que hay en la puerta del castillo, al abrirla se encuentran en un lugar o en otro del mundo. ¿A quién no le gustaría hacer eso en su propia casa? La agilidad del castillo en sí, que es como un ser vivo más, las imágenes de semejante armatoste moviéndose por las montañas (en la parte baja del cartel), o su capacidad para transformarse por dentro y convertirse, en un momento concreto, en la casa donde vivía antes Sophie, son también conceptos geniales.