“El anillo es mío”-Frodo
Con Frodo paralizado y secuestrado por los Orcos, y con las puertas de Minas Tirith definitivamente rotas, comienza la última parte de una larga película a la que, a mi parecer, le sobran muchas escenas, y algunas de las que no sobran quedan tan forzadas de puesta en escena y dirección de actores, que parecen dirigidas por otro, como la del intento de Denethor, totalmente chalado, de quemar vivo a su hijo Faramir, interrumpido, eso sí (como tantas otras escenas), por otra, que está bastante mejor dirigida, la del enfrentamiento cara a cara entre Gandalf y el Rey Brujo de Angmar, que termina de manera muy diferente a la novela, y da pie a la llegada de los Rohirrim.
Es extraño, pero lo que hasta entonces había resultado una batalla amorfa, en cuanto a su ritmo y a su tensión, que cada poco se derrumbaban, incapaces de tenerse en pie mucho rato, una vez llegados los jinetes, aportan una intensidad y una épica que parecían imposibles pocos minutos antes. La emoción es sincera cuando el rey Theoden grita “¡Death!” (¡Muerte!) por tercera vez, y la carga está montada con precisión y violencia salvaje. Hay algunos planos en esta batalla que quedan poco creíbles, pero al que sepa algo de guerras medievales le parecerá totalmente realista (aunque algunos expresaron su incredulidad), cuando los caballos pasan por encima a muchas filas de orcos. Eso hace, literalmente, la caballería al galope.


