
Nos habíamos quedado, en este último capítulo de la saga galáctica más famosa de todos los tiempos, con la revelación de Palpatine (un gran Ian McDiarmid, probablemente el actor más inspirado de esta película), que sin decirlo de manera directa se revela como el Lord Sith que los Jedi tanto tiempo andaban buscando, pidiéndole a Anakin que se una a él con la estratagema de salvar a Amidala. Hasta este momento, y salvo un arranque bastante potente (aunque tan irregular como casi toda la saga), esta ‘La venganza de los Sith’ lleva una hora de metraje un tanto insulsa, con poquísima aventura, poquísima tensión, la mediocre dirección de actores a la que, por desgracia, Lucas nos tiene acostumbrados, y en definitiva sesenta minutos muy por debajo de lo que cabría esperar de un épico capítulo final de unos personajes tan venerados. La segunda hora sube mucho el listón, aunque sin pasarse ni romperse los cuernos tampoco.
Una cosa sí que es cierta: por una vez en la trilogía, Lucas acierta con el tono (sinuoso y lúgubre) y no lo suelta hasta el final. Aunque sigue tomando decisiones extrañas, como ese diálogo mudo entre Amidala y Anakin (con un corte poco habitual de John Williams), situados en localizaciones muy distintos de Coruscant, y que precede a la decisión de Anakin de traicionar a los suyos y rendirse a Darth Sidious. Como señalaba Miguel A. Refoyo en Zonadvd, este tramo se percibe absolutamente endémico, opaco, pues Lucas es incapaz de describir la atormentada pulsión interior de Anakin, y todo queda sobreentendido. Pese a todo, un aspecto sumamente interesante, es que se cuestiona la (relativa) superioridad moral de los Jedi, y todo queda reducido a un mero punto de vista. Notable ramificación moral que, de haber sido desarrollada, hubiera dado quizá la obra maestra que tantos proclaman aquí, y que el que suscribe no encuentra por ninguna parte.






