
Como todos y cada uno de los títulos dirigidos por Quentin Tarantino, ‘Malditos bastardos’ genera una dicotomía. Una división entre los que les acaba pareciendo una broma, una película con momentos divertidos y poco más, en los que su director se gusta y disfruta dilatando escenas con diálogos ingeniosos, y los que confirman que Tarantino es el director más cinéfilo, apasionado y autorreferencial del cine actual, pero también un soberano talento para trazar puentes entre géneros, temas, influencias y fuentes de inspiración.
Esta mezcla tan personal que Tarantino logra con ‘Malditos bastardos’ entre el spaguetti western y el cine bélico, aderezado de sus personales referencias y reciclando capítulos de su memoria y gusto cinéfilo, hace que sea una película también difícil de catalogar. Como lo es el resto de su cine. ¿Acaso es “tarantiniana”? Pues lo es y mucho. Tanto que junto con ‘Jackie Brown’ resulta su trabajo más maduro y que nuevamente sorprende a nuevos espectadores por su capacidad para crear escenas magistralmente diseñadas y que funcionan como pequeñas películas dentro del metraje definitivo de ‘Malditos bastardos’.









