
“Quiero ser el Cecil B. de Mille de la ficción científica”
-Steven Spielberg
Veinticinco entradas después (y seis meses después), con veinticinco películas, concluímos hoy el largo especial dedicado al que, sin lugar a dudas, es el cineasta más famoso del planeta, y lo cerramos con la esperanza de haber aportado un nuevo punto de vista a la ingente bibliografía (mucha de la cual me parece insatisfactoria o decepcionante, tanto en los casos en que alaban su trabajo como en aquellos en los que le atacan sin piedad) que hay disponible en torno a su figura, ni sacralizánzola ni cuestionándola en extremo, intentando evitar caer en los lugares comunes a los que tantos cinéfilos y estudiosos han sido proclives.
He de decir que, viendo de nuevo (y en muchos casos varias veces más) cada una de ellas, la figura de Steven Spielberg como cineasta, como artista, me parece hoy, si cabe, más contradictoria de lo que me parecía cuando empezamos este especial allá por el mes de agosto. Es lo que tiene alcanzar una percepción global de la obra de un director tan extraño e irregular, por mucho que sus numerosísimos admiradores se nieguen a admitirlo. Por supuesto que, dado lo prolífico de su trabajo, es inevitable tener bajones, pero también me parece inevitable la conclusión de que no siempre se ha tomado igual de en serio su trabajo.










