“La primera vez que la vi la consideraban una mujer devastada. Rota, perdida.”-John Rolfe
No deja de resultar sorprendente, aunque creo que ya he escrito esta afirmación con anterioridad, que tanta gente tache de ñoña, cursi o edulcorada esta película, cuando ahora que he terminado de verla una vez más (el enésimo visionado), la sensación de melancolía arrasadora que transmite, el profundo y descorazonador lirismo que la impregna, son difícilmente soportables. ‘El nuevo mundo’ es mucho más que una truncada historia de amor, aunque también. Pero para Terrence Malick, esa historia de amor es más continente que contenido, más parábola que representación.
Y la parábola viene a constituir un juicio moral en el que el ser humano, en su totalidad, y exceptuando a los jóvenes enamorados cuya buena voluntad termina provocando catástrofes, queda bastante malparado. No es, por tanto, un discurso idílico de la cultura indígena americana, ni una épica acerca de la voluntad exploradora del hombre blanco. Malick no condena a ambos grupos de manera total, pero no se priva de mostrar de manera directa las razones que condujeron a los indígenas a ser derrotados y masacrados, y a los blancos a perder, casi, toda humanidad.


