
Visionar una película como ‘El ansia’ (‘The Hunger’, Tony Scott, 1983) es como contemplar uno de esos aburridos cuadros en los que la perfección plástica ahoga el alma de la obra, sin que ésta llegue a transmitir absolutamente nada. Creo que un artista, pertenezca a la rama que pertenezca debe dejar algo de sí mismo en su trabajo, dejarse un trozo de corazón, demostrar que por sus venas corre sangre insuflada de pasión, de vida. Que su arte no sea una mera utilización de medios —la cámara, el pincel, la voz, un instrumento, etc.—, porque entonces nunca pasará de ser un simple reproductor formal, con una técnica impecable, pero muerto por dentro. En esos casos —más de los que creemos—, han perdido su valioso tiempo, y lo que es peor, nos han hecho perder el nuestro.
Pero en el caso que hoy nos ocupa, el del director del film, no el del anodino cuadro, sabemos que no siempre ha sido así. Tony Scott —actualmente podemos ver en cartelera ‘Imparable’ (‘Unstoppable’, 2010)— ha demostrado alguna que otra vez que puede ser algo más que mediocre. Sin embargo, sus inicios no pueden compararse a los de su hermano, pues se encuentra totalmente en las antípodas. La ópera prima de Tony Scott es un despropósito visual de una envergadura tal, que se hace insufrible por momentos. ¿Por qué entonces su inclusión en este especial sobre vampirismo? Muy sencillo, además de pensar en el hecho de que determinada cinta sea buena o mala, tengo en cuenta sobre todo la figura vampírica que sale en ella. Y el vampiro de ‘El ansia’ merece estar en esta selección.










