
Había empezado a asumir el final en Hollywood. El fracaso es siempre un abuso en la estadística, al menos así funciona en la industria del cine: ‘La dama de Shangai’ (The Ladry from Shangai, 1947) decepcionó al gran público porque no había una mujer fatal sino una mujer frágil y un hombre atrapado que nada tenía de duro e impenetrable detective y no estaba esa pasión desbocada del cine negro con sus arquetipos familiares, asociados siempre a los actores, sino un desafío a las expectativas. Ni siquiera aquella película con la que debutó fue un gran éxito, pero seguía siendo célebre.
Toda su carrera fue un ir desmintiendo todas aquellas grandiosas expectativas, incluso a las más exigentes y siempre insatisfechas, también las de su biografía, que le irían disfrazando como genio que no sobrevivió al mito de su debut cinematográfico. Así que tomó la ruta de rodar para esos estudios especializados en seriales, con los decorados todavía destruidos por el efecto inmediato de la posguerra, una tragedia shakespereana.
Porque conocía a Shakespeare. Conocía bien sus versos y su vigencia. Lo sabía por su etapa teatral, una de la que solamente quedan grabaciones todavía memorables. Conocía el éxito de Shakespeare cuando se entendía bien, había adaptado el Julio César en un montaje exitoso con sus compañeros del Mercury que situaba ese relato en la Italia fascista. Le confesaría a Peter Bogdanovich que los ortodoxos de la obra de Shakespeare no entendían el secreto de su verbo.










