
“Soy un pájaro nocturno. No soy gran cosa durante el día”- Conde Von Krolock
La apasionante, dilatada (aunque no posea, pese a su longevidad, un gran número de títulos) y variada filmografía del director franco-polaco Roman Polanski (a día de hoy, aún encarcelado en un proceso vergonzoso), tiene en su cuarta realización, ‘El baile de los vampiros’, una de sus obras más bellas, sorprendentes y, a menudo, incomprendidas. Tachada de menor por ciertos sectores de la crítica, se trata de una obra incontestablemente mayor, con Polanski en plena posesión de su talento, durante los años sesenta, con toda probabilidad la época más feliz de toda la vida del cineasta.
Con el éxito de ‘Repulsión’, que repitió la aclamación en el Festival de Berlín un año después del triunfo de ‘Cul-de-sac’, Polanski estaba preparado para ser un director norteamericano. Aunque primero llevaría a cabo un proyecto que sería mitad europeo, mitad hollywoodiense, y que sería distribuido en Estados Unidos por el infame Martin Ransohoff, que mutilaría la película, sin consentimiento del autor, y entregaría en los cines de ese país un producto incomprensible y amorfo, que propició su fracaso comercial. Eso sí, en Europa fue un gran éxito, pues pudimos ver su versión del director, que a día de hoy sigue tan viva como entonces, o más aún.


