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Cine en el salón: 'Ojos de fuego', 'Carrie' en diminutivo

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Cine en el salón: 'Ojos de fuego', 'Carrie' en diminutivo

Sin tener en cuenta a nombres como William Shakespeare, Alejandro Dumas o algún otro literato clásico más, de cuyas novelas existen cientos de versiones cinematográficas, creo que resulta indiscutible que de todos los escritores vivos, Stephen King es el que más veces ha sido llevado a la gran pantalla: hasta 184 son las entradas que la IMDb devuelve cuando se revisan las producciones que han adaptado alguna de las novelas o relatos cortos que trufan su prolífica y extensa bibliografía. Un número más que considerable que sube a las 205 si se consideran aquellos títulos que actualmente se encuentran en desarrollo para la gran o la pequeña pantalla.

Con un amplio sector de las mismas yéndose de cabeza a la calificación de morralla y otro bastante considerable clasificado bajo la etiqueta de pasable, en lo que a este redactor respecta sólo seis, acaso siete, de las cintas que han trasladado a King a imágenes en movimiento merecen la indefectible atención del cinéfilo: con las tres firmadas por Frank Darabont a la cabeza, y la adición de lo que Stanley Kubrick, David Cronenberg y Rob Reiner hicieron, respectivamente, con 'El resplandor', 'La zona muerta' y 'El cuerpo', es la versión de 'Carrie' firmada por Brian De Palma la séptima en discordia. ¿Que dónde deja eso a 'Ojos de fuego' ('Firestarter', Mark L.Lester, 1984)? Rozando la entrada en el primer grupo.

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Paul Newman: La locura y Sherlock Holmes

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Paul Newman: La locura y Sherlock Holmes
Jehovah tiene el diablo. Aquiles tiene su talón. Mahoma tiene su montaña. Don Quijote tiene sus molinos. Y SHERLOCK HOLMES, Dios le bendiga, tiene su MORIARTY.

Tras el fracaso de la estupenda, e incomprendida, ‘Casta invencible’ (‘Sometimes a Great Notion’, Paul Newman, 1971), el actor, director y productor de los ojos azules más famosos del celuloide realizó uno de sus movimientos más arriesgados, o quizá no tanto, al hacerlo únicamente como productor. ‘El detective y la doctora’ (‘They Might Be Giants’, Anthony Harvey, 1971) es la única película que Paul Newman produjo sin intervenir en ella como actor o director, ni siquiera su nombre en los títulos de crédito.

A través de su productora Newman-Foreman Company, el actor entrega a su mujer un producto de lo más extraño, que se anticipaba en cuatro años a la muy famosa, y magnífica, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ (‘One Flew Over the Cuckoo's Nest’, Milos Forman, 1975), y unos cuantos más a ‘El rey pescador’ (‘The Fisher King’, Terry Gilliam, 1991), con la que guarda más de un elemento. El universo de Sherlock Holmes es la excusa para un relato sobre la identidad, entre otras cosas. Joanne Woodward sorprende como peculiar Watson.

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Especial Paul Newman: 'El buscavidas' de Robert Rossen

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Especial Paul Newman: 'El buscavidas' de Robert Rossen

Llegamos en el especial de Paul Newman a uno de esos puntos de inflexión que rara vez se encuentran en la filmografía de un gran actor: ‘El buscavidas’ (‘The Hustler’, Robert Rossen, 1961), una de esas inmortales películas que casi pueden considerarse un milagro cinematográfico. Todo, o casi todo, se ha dicho sobre ella ya, y sin embargo cuando uno vuelve a ver por enésima vez la película es como si la viera por vez primera. Si en el arte existe la perfección, la película de Rossen se acerca mucho a ello.

Robert Rossen fue uno de los grandes directores estadounidenses en aquellos años; hoy está un poco olvidado, y el ejemplo está en cuando se habla de directores como Elia Kazan que, perseguido y acosado por el senador McCarthy en su famosa caza de brujas, terminó cantando ganándose el desprecio de muchos. Muy poca gente suele comentar que Rossen también fue un delator, y en este caso fue un director que odiaba Hollywood y todo cuando representaba.

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Críticas a la carta: 'Al final de la escalera'

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Ve el video en el sitio original.


Un hombre se instala en una mansión victoriana y ¿adivinan? le esperan tenebrosas apariciones, fantasmas con, por supuesto, un oscuro secreto que debe ser revelado. ¿Qué clase de tragedia permanece en la casa como forma de aparición? ¿Cuál es la verdad que amenaza con destruir los secretos de los miembros más relevantes de una comunidad? Gracias a lo familiar y derivativo de esta historia, el resultado nos resulta familiar, pero lo cierto es que esta cinta de fantasmas, más un drama que un ejemplo de lo que conoceríamos como cine de terror, resulta estar dirigida con indudable gracia y pone el ojo en el abuso del poder lo cual está siempre muy bien (nada mejor que el arquetipo del rico como malvado siquiera por placeres pequeñomarxistas). En todo caso, la trama se desenvuelve con la soltura que esperamos y es capaz de hacer de sus giros algo poco familiar, cosa de agradecer. El título original de la película es intraducible pues hace referencia a niños cambiados al nacer así que la imaginación se impuso para el caso.

¿Una prueba de que la teoría del autor no es válida como se pretende para el cine, así en general? Peter Medak dirigió esta película, un pequeño clásico, en 1980 cuya influencia fue parcialmente recogida por Amenábar pero con resultados menos interesantes. Hasta ‘Romeo is Bleeding’ (id, 1993) no haría ninguna otra película relevante: lo que importa, muchas veces, es lo que una obra es capaz de sugerir, es el objeto en sí, y por muy necesarios que sean los discursos personales en un canon como el cinematográfico, también lo son las obras únicas, surgidas de contextos absolutamente insólitos y de inspiraciones verdaderas. No se trata de evaluar tanto a Medak como de comprobar que al menos un par de ocasiones ha estado realmente inspirado.

El guión lo escribieron tres personas, solamente uno hizo una carrera interesante a posteriori en el género, y fue William Gray, co-autor de los libretos de ‘Prom Night. Llamada de terror’ (Prom Night, 1980) y ‘Luna Negra’ (Black Moon Rising, 1986), estimables y menores entradas del género. Tanto George C. Scott como Melvyn Douglas están excelente, dando un recital interpretativo de la épica viejuna, repleta de flato y muy verosímil para el relato. La fotografía es uno de los secretos de esta película, obra de John Coquillon, operador habitual de Peckimpah, acostumbrado a luces naturales y estéticas documentales, casi televisivas (en el mejor de los sentidos). En fin, muy recomendable.

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