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Gregory Peck

Gran Cine de Aventuras: 'El hidalgo de los mares', el mundo es tuyo

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“Una ciudad en llamas es una vista maravillosa” – El Supremo

Este ciclo de Gran Cine de Aventuras, lo que propone es un vistazo, no demasiado profundo, por algunas de las constantes más imperecederas del cine de aventuras, desde hace varias décadas, hasta la actualidad, para hablar un poco de lo que mas y mejor ha hecho este género maravilloso, para observar una cierta evolución en su irregularidad, y para repasar algunos de los subgéneros en los que mejor cabe la palabra aventura. En esta ocasión, la aventura marina, con alto componente bélico, pero también cómico y romántico. Hace poco hablábamos de una película que es un año anterior, la fenomenal ‘El halcón y la flecha’ (‘The Flame and the Arrow’, Jacques Tourneur, 1950), que indagaba en territorios tan cercanos al Robin Hood más clásico, pero desde una perspectiva incluso más artesanal, y hoy hablaremos sobre una de las películas en las que la épica aventurera de grandes navíos, combates navales, romanticismo exacerbado, sensación de que la pantalla se adueña casi del mundo entero (desde las costas de América Central, hasta las calles de la Europa de principios del siglo XIX).

‘El hidalgo de los mares’ (‘Captain Horatio Hornblower R.N.’, 1951) es una sensacional película de aventuras, una de las más ejemplares que se han filmado nunca en cuanto a combates navales, reconstrucción histórica, guión, técnica, y por ello goza de un merecido prestigio, pues es de referencia ineludible para todos los que después han intentado narrar aventuras marinas, de capitanes intrépidos, ambientes exóticos y pura estirpe marinera inglesa. Aunque, quizá, como a todas ellas, se les pueda reprochar una ideología al menos dubitativa, y una tendencia al tópico, la película de Walsh, que una vez más dirige, a sus sesenta y cuatro años, con una energía sencillamente apabullante, y con un sentido casi juvenil del drama, es imposible volver a poner esta película en una pantalla y no quedarse absolutamente prendado de sus imágenes, arrastrados por una hemorragia de cine puro, esencial, que en su sencillez y en su poderosa alquimia nos hace olvidar la vida real, hace caer nuestras defensas, y se entrega al delirio aventurero más esencial.

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Críticas a la carta: 'Matar a un ruiseñor' de Robert Mulligan

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Quien no haya visto nada de Robert Mulligan debería dejar de leer ahora mismo y ponerse a ver al menos un par de películas de su filmografía. Mis recomendaciones personales serían por supuesto la película que hoy nos ocupa, ‘Matar a un ruiseñor’ (‘To Kill a Mockingbird’, 1962), seguida de ‘La noche de los gigantes’ (‘The Stalking Moon’, 1968) o ‘El próximo año, a la misma hora’ (‘Same Time, Next Year’, 1978), y a partir de ahí a gusto del consumidor. No hay duda de que su extensa filmografía, la más famosa de todas sus películas, aquella que ha dejado una de esas huellas imborrables en el transcurso de la historia del séptimo arte es sin duda ‘Matar a un ruiseñor’. Porque no estamos únicamente ante una película que posee unos trabajos de realización e interpretación sobresalientes, o una historia que atrapa desde su comienzo. Ni siquiera estamos únicamente ante una obra maestra, por mucho que dicha apreciación parezca sobada de más.

Más de una vez se me ha preguntado por películas de carácter pedagógico, y el trabajo de Mulligan suele ser el primero en mi lista de sugerencias. Su poder de sugestión, su capacidad para llevar al espectador a un mundo tan puramente cinematográfico y a la vez tan real como la vida misma, es tan grande que no desaparece a cada nuevo visionado, sino justamente lo contrario. ‘Matar a un ruiseñor’ es una de esas películas que podrían servir de materia educativa en cualquier escuela del mundo, por sus valores puramente humanos.

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'Horizontes de grandeza', la épica y el gozo hechos cine

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Con la arrolladora, vitalista, subyugante música de Jerome Moross, que es en sí misma un icono del género, y con la que uno puede imaginarse las más grandes aventuras y los más bellos e inmensos parajes americanos, comienza uno de los westerns más famosos de los años cincuenta, aunque ahora quizá haya quedado algo olvidado para las nuevas generaciones (entre las cuales sospecho que este género maravilloso no es de sus preferidos), dirigido por William Wyler un año después de ganar la Palma de Oro con su razonablemente interesante ‘La gran prueba’ y un año antes de arrasar en los Oscar con su ‘Ben-Hur’.

He de decir que antes de ‘Horizontes de grandeza’ (‘The Big Country’ en el original, el título español es bastante parecido) prefiero otros muchos westerns, más personales, más arriesgados, o simplemente superiores. Pero hay algo en este largo filme (166 minutos) de Wyler, el director “sin estilo”, que le hace especial, emocionante y sensorialmente cautivador, por lo cual se ve siempre (yo la he visto muchas veces) con gran placer. Y es que nunca se han percibido las enormes llanuras de Estados Unidos como en esta película, ni siquiera en ‘Duelo al sol’ (Vidor, 1946, también con Gregory Peck, y creo que inferior a ésta), como tampoco se han sentido así las grandes cabalgadas, el polvo y la épica del camino.

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'El Pistolero', la sombra de la leyenda

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El Pistolero

Seguimos con el western, el considerado como el género cinematográfico por excelencia. Si fuera un producto alimenticio, cada clásico del western debería llevar una etiqueta que dijera: “sólo tienes que probar uno”. El resto, claro, viene solo. Es increíble lo que llegan a atrapar las buenas historias de pistoleros, a pesar de que muchas son similares y juegan con los mismos elementos. El otro día os hablaba de la grandeza de ‘Juntos Hasta la Muerte’, de Raoul Walsh, y hoy le toca el turno a la impresionante ‘El Pistolero’, de Henry King. El orden es por un ciclo de un estupendo cineclub (granadino) al que voy a menudo.

En ‘El Pistolero’ (The Gunfighter, 1950), Gregory Peck encarna al forajido Jimmy Ringo, considerado el pistolero más rápido del viejo oeste. A pesar de que dejó de buscar “problemas”, Ringo se ve obligado a escapar de todas partes, acosado por otros pistoleros, decididos a acabar con él y lograr fama. Tras haber matado, en defensa propia, a un arrogante oponente, y huyendo de los tres hermanos de éste, Ringo se refugia en la localidad de Cayenne. Su llegada causa conmoción y aunque el marshall del lugar, viejo amigo suyo, le pide que se marche, Ringo pide tiempo, esperando poder hablar con una mujer de su pasado…

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